Fragmentos de Junio presenta esta noche un estreno del grupo Sarao.
El miércoles pasado, noche de copa, causante de que no hubiera sala llena, como todas las noches, y como dice Lucho Mueckay con ironía fina: “es que a la gente también le gusta el fútbol”, el escenario fue para Cortocinesis, grupo colombiano nacido hace seis años; con una decena de obras en su repertorio y varios reconocimientos, es un elenco cuyo trabajo se centra en la fisicalidad, en la determinación de oponer el cuerpo a los objetos, en el riesgo de la improvisación.
La mesa, uno de sus últimos trabajos, focalizado mayormente en las posibilidades del cuerpo y en la interpretación, atraviesa la frontera del teatro, decisión que le confiere mayor verosimilitud a la fábula. Una propuesta que plantea una estructura irregular, incluso engañosa, transita de menos a más, pues la primera escena de intermitencia de cuerpos y luces pareciera conducirnos a otro destino, proseguida de una secuencia donde los bailarines aparecen caracterizados por una vestimenta que va de lo formal, pasando por lo casual hasta la semidesnudez y, acto seguido, el enfrentamiento de una pareja importunada por un mosquito, acción que se apaga y da paso a “la mesa”, objeto central de la propuesta.
La mesa como un espacio de confrontación, de negociación, de competencia. Todo un juego de posesiones y despojos: poseo tu ropa, pero no tu deseo; te poseo pero no te apetezco, pareciera ser la constante de este engranaje de cuerpos en oposición, y en medio de todo, la mesa, que va metamorfoseándose en cosa que se transforma, conduce, repela, acoge… anula.
A pesar del manejo preciso, limpio y armónico de los intérpretes, de una acción casi frenética, que por momentos se regodea en lo físico; es la palabra, es un texto repetido con insistencia, que dice algo así como “y qué fue hermano, encontró usted el revólver…?”, el que sitúa al espectador en tiempo y espacio; es entonces cuando acabamos de entrar totalmente en la obra, cuando nuestra mirada va más allá de lo explícito y la mesa se convierte en signo múltiple y actante, en fuerza oponente y adyuvante de estos personajes diversos y únicos al mismo tiempo.
Esta propuesta dirigida y coreografiada por Vladimir Rodríguez y Ángela Cristina Bello e interpretada por la nombrada codirectora, por Olga Lucía Cruz, John Edwin Vargas, Yovanny Martínez y Julián Garcés, revela un proceso de trabajo, de compenetración de un elenco que se toma el escenario; de avisados intérpretes que logran aminorar ciertos defectos, como el excesivo cambio de música que poco aporta a la organicidad de la obra.
Nos inducen en un mundo otro, en el que es posible pintar de armonía la violencia, no porque la nieguen sino porque se convierten en poética misma, en acción que se transmuta en danza. Un mundo vertiginoso donde el sentido del objeto permuta, donde el cuerpo acelera su curso, desafía la gravedad y mantiene por cincuenta y cinco minutos, a quien lo mira, en constante expectativa.