sábado 28 de junio del 2008 Columnistas

El candado

Los seres humanos siempre hemos querido asegurar lo que nos pertenece o creemos que nos pertenece e impedir que intrusos o ladrones tengan acceso a lo que consideramos que son nuestros bienes.

Para responder a esta necesidad han surgido muchos inventos, uno de los cuales es el candado que surgió a fines del siglo XVII, cuando Christopher Polhem lo fabricó por primera vez, dándole a sus dueños la seguridad de que solo podría abrirlo quien tuviera la llave. Más tarde en 1921, Harry Soref patentó e industrializó un tipo de candado fuerte y barato, antecedente de los que usamos hoy.

Lo interesante es que siempre se consideró que solo el dueño o la persona a quien él entregue la llave puede abrirlo, es decir, siempre supuso una relación de pertenencia tanto del candado como de lo que él protege.

Por eso cuando una Asamblea Constituyente, la anterior y la actual, proponen o resuelven un “candado” para la Constitución, la pregunta es ¿quién es el dueño de lo que se intenta resguardar?

La respuesta es clara, el dueño de la Constitución es el pueblo, luego, la llave que permita guardarla o cambiarla le pertenece sin limitaciones.

Cuando los legisladores creen que han decidido lo mejor para la sociedad y que por lo tanto deben tratar de conservarlo y poner obstáculos para que lo alteren, de alguna manera están desconociendo el derecho del pueblo a realizar los cambios que crea necesarios, en el momento que  considere adecuado y asumiendo que ese pueblo que dicen que es soberano y reconocen en sus discursos como quien realmente tiene el poder, requiere tutelaje.

La historia reciente del Ecuador nos enseña que muchas veces la sociedad evoluciona a ritmos diferentes de los previstos por los legisladores y que la imposibilidad de hacer los cambios legales que el pueblo necesita produce estancamientos y conflictos, a veces, de graves consecuencias.

Si una Constitución es básica para la convivencia social en justicia y paz, debe responder a las demandas de la sociedad, por eso debe ser redactada sin prisas, asegurándose que responde a las aspiraciones de los ciudadanos y sin asumir que es una obra perfecta, terminada e intocable, a la que solo pueden llegar quienes cumplan requisitos impuestos para tener la llave del candado, a no ser que haya personas o grupos que crean ser los dueños de la sociedad que la Constitución organiza políticamente.

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