sábado 28 de junio del 2008 Columnistas

Un niño en el holocausto

Cuando se avanza por un camino alfombrado de libros, los gustos se hacen muy exigentes. Al mismo tiempo, hay que conservar fresca la curiosidad y tener espacio disponible en la casa para el inevitable abarrotamiento de los ejemplares que jamás dejarán de llegar. La pregunta por los nuevos títulos es casi diaria y la administración del tiempo para consumirlos una lucha permanente entre el leer y el vivir. Aunque tocados por el vicio o la necesidad, sostengamos que leer es una bella forma de vivir.

Me encontré por eso, el año pasado con la noticia de que un libro de literatura infantil y juvenil estaba captando el interés de Europa. Su original en inglés había provocado una inmediata ola de traducciones.
Leí su primer capítulo por internet. Lo anoté, mentalmente, como un título que no me perdería. Amistades viajeras lo conocieron pronto, lo alabaron ante mis oídos. Lo leí en el mes de abril, recuerdo que en dos días. Y empezó mi pasión por El niño con el pijama de rayas.

¿Qué clase de best seller es esta historia que renuncia en su contraportada a escribir ningún dato sobre su contenido? ¿Otra vez se atrae la atención de una lectura exclusivamente sobre lo que cuenta? Porque best seller es todo libro que se vende con profusión, al margen de la calidad e intenciones de creación. Porque la vieja y eterna literatura se sostiene, principalmente, sobre lo interesante de sus argumentos. Celebro entonces una novela que retoma el tema del holocausto judío en el tono y lenguaje adecuados para que la terrible verdad ingrese a la conciencia de lectores relativamente tiernos.

A los sesenta años de los hechos históricos que enlutaron a la humanidad con tan vergonzosas acciones, un desconocido escritor irlandés, John Boyne, se pone a pensar en cómo introduciría a un sobrino suyo al conocimiento de ese pasaje de la historia y dio con la clave para una novela que él mismo identifica como alegoría o fábula literaria, enredándonos en el laberinto de las definiciones (encanto de los teóricos pero rompecabezas para el lector común). Y de ello resulta una pieza literaria que ya cuenta con admiradores y detractores. Yo me alineo en el primer grupo.

El niño con el pijama de rayas me impresiona por varias características. Pone un rubro más en la amplia “literatura del holocausto” que surgió, como tantas otras iniciativas, para preservar la memoria de lo que una ideología fue capaz de hacer encaramada en una idea de la superioridad y en una práctica del poder. Encuentra un filón renovado en la visión infantil que domina la narración, de alguien que cuenta sobre lo que no sabe y no se explica: el niño protagonista es vecino del horror y encuentra la vivencia suprema de la amistad entre las víctimas. Los dos niños frente a frente, separados por una alambrada en el campo de Auschwitz son el símbolo del encuentro humano, de la capacidad de encontrar diálogo y vínculos por encima de las más crueles diferencias.

La discusión nuclear la tenemos los adultos: ¿en qué momento poner un libro como este en manos de nuestros infantes o púberes?, ¿cómo identificar la madurez emocional de los lectores primerizos para que aprovechen una lectura como esta? No hay respuesta única. Pero más temprano o más tarde, tienen que conocer una novela tan significativa y aleccionadora.

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