La mesa directiva de la Asamblea Constituyente, con la salida de Alberto Acosta y Martha Roldós, ha quedado disminuida intelectualmente, cuestión grave si consideramos que los asambleístas son los “escritores” de la Constitución. El primero representaba la escucha dialogante del político democrático; la segunda era el toque de pluralismo en la conducción de la mesa. Ambos, además, debido a los principios que han asumido a lo largo de sus trayectorias, irradiaban presencia y confianza, y, especialmente, proyectaban sus sólidas sombras en el suelo. Me explico. Cada uno de nosotros convive con su sombra (cuando hay sol, luna llena o luz artificial, claro). Y la sombra es como el mejor otro yo que tenemos: es una presencia que exhorta al autoexamen y a la rectificación.
La novela La maravillosa historia de Peter Schlemihl, del alemán Adelbert von Chamisso, narra las peripecias de un afuereño que se presenta ante un recomendado para que lo oriente en la ciudad. El visitante es llevado a una reunión en la que destaca la presencia de un hombre alto, de avanzada edad, delgado y seco, que casi no habla y que viste un abrigo gris de faldones. Mientras los contertulios departen, cada vez que alguien solicita algo, este hombre, con la mayor naturalidad, va sacando de su bolsillo lo que en ese momento se necesita: ¡un emplasto para vendar una mano; un catalejo de considerable tamaño; una alfombra turca de diez pasos de ancho por veinte de largo; una tienda de campaña con sus telas, barras, cuerdas y hierros; y tres caballos de montar!
El enigmático sujeto, por su parte, se ha prendado de la penumbra que proyecta en el piso el recién llegado, y se desespera por comprársela. Ante lo estrambótico de la petición, Schlemihl rechaza semejante compraventa. El del abrigo agranda su propuesta y logra su objetivo: a cambio de la sombra le entrega la famosa bolsa de Fortunato, de la que salen cualquier cantidad de dinero y piezas de oro, con lo que comienza la pesadilla de Schlemihl, pues, aunque inmensamente rico en lo material (comprará propiedades y regalará plata a quien se le cruce en el camino), ya no podrá vivir calmadamente sin la sombra a su lado. Aquellos con quienes se topa –la opinión pública–, al notar la ausencia de su contorno en la superficie, reaccionan con sentimientos de horror, compasión, desprecio y susto ante un ser que carece de aquella parte oscura que completa nuestra humanidad.
En su angustia y aislamiento, Schlemihl se pregunta: “¿De qué sirven las alas al que está sujeto con cadenas de hierro?”. De ahí en adelante perderá la paz pues se convierte solo en un hombre rico pero infinitamente desgraciado. En esta época de difícil recambio político no se debe vender la sombra propia y menos despreciar la de los otros, pues en ese cobijo y refugio podemos descubrir colectiva y consensuadamente un mejor sistema social. No existe la mínima posibilidad de que una sola persona –que incluso puede haber extraviado su misma sombra porque ha dejado de dudar– sepa cuáles son todos los cambios primordiales. Nadie es imprescindible, efectivamente, mas la Asamblea se puede ir quedando sin la sombra que nos hace reflexivos y nos da serenidad.