Jueves 26 de junio del 2008 Cultura

Danza contemporánea mexicana

Noel Bónilla-Chongo para EL UNIVERSO

Transgredir la retórica de las formas en encuentro artístico

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Aspecto del espectáculo que ofrecieron la noche del pasado lunes bailarines de la Escuela Nacional de Danza de México.

En la sexta jornada de Fragmentos de Junio, que se realizó el pasado lunes, se presentaron bailarines de la Escuela Nacional de Danza del país azteca.

Es cierto, el hombre viene al mundo a resolver misterios. El artista a transformar esos misterios. El coreógrafo a apropiarlos de dinámicas corporales más que suficientes para redimensionar el valor de uso del cuerpo danzante. Pero atención, redimensionar no necesariamente presupone redundar en movimientos, incluso ni cuando estos están técnicamente correctos. Esta debería ser  una consigna,  regir todo proceso de improvisación, creación y montajes coreográficos. Pues, sencillamente, la escena coreográfica es lugar  de síntesis y concreción.

Y es que, por mucho tiempo, el salón de baile fue el espacio del histrión –imposible olvidar a Luis XIV en su insistente Roi Soleil–. Luego, al aparecer el coreógrafo, se convierte la escena en un sitio de significación, donde todo cobrará sentido. Entonces, la danza traspasa el cuerpo del danzante para revertirse de misterio, ambigüedad,  “traición”, pero nunca confusión. Y, la técnica suele confundir, trocar y pervertir la atención del espectador cuando olvidamos que ella es un simple pretexto para tener un cuerpo óptimo y listo para hacer progresar el discurso, no el discurso mismo.

Como maestro que “sufro” junto a los alumnos el transcurrir de la creación dancística, siempre insisto en el poder transfigurador del gesto, del movimiento, de la secuencia, para llegar a una plena corporalidad danzante. Ni las supuestas buenas intenciones, ni las pretendidas ideas brillantes, ni los cuerpos llenos de gozo, ni las músicas más seductoras, son garantes para conquistar la mirada del público.

Se necesita del riesgo contenido en las líneas curvas y quebradas; se requiere de la no obviedad. Se demanda trabajar a partir de lo imprevisto y no de lo presupuesto.

Tensores, No me disculpo y Diástole (y el dulce aliento de la vida), en proposición de la Escuela Nacional de Danza de México se presentó como programa concierto en estas noches del Encuentro. Obras bien defendidas por alumnos recién diplomados en el importante centro docente.

Coreografías regodeadas en presupuestos temáticos muy recurrentes (no por ello, inservibles) en la escena actual: desamor, desencuentro, manipulación, identidad sexual travestida, oposición a normas sociales, denuncia, etcétera. Hay en sus trazados una saturación expositiva de las situaciones que aborda, reprimiendo a ratos, el montaje de la emocionalidad del espectador.

Tal vez, una segmentación de las secuencias que cortara las frases coreográficas evidentemente construidas, favorecería el delineado efectivo del lenguaje, no haciéndolo tan evidente y retórico.

Telón de fondo blanco, iluminación coloreada, trabajo con la máscara, escenografías que contextualizan situaciones y espacios, la limpieza técnica de cuerpos absolutamente plenos, trabajo vocal delicado son elementos que circulan arbitrariamente por las tres piezas.

El reclamo constante irresuelto de la pareja en Tensores; la mascarada y el juego de las marionetas condenadas por sus fatídicos destinos en No me disculpo, y el excesivo uso de tantos dispositivos en Diástole (y el dulce aliento de la vida), delatan la mocedad de sus artistas.

Mas, por suerte, el camino recién comienza, confiemos en la voluntad de sus coreógrafos y bailarines para transgredir la retórica de las formas.
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