Educar en Babahoyo no es lo mismo que hacerlo en Quito, Manta o Guayaquil; cada ciudad tiene características muy propias que deben conocerse. Entre las viejas reglas de un buen vendedor recuerdo esta: antes de abordar a un comprador potencial, en una entrevista formal, es indispensable recopilar abundante información sobre el cliente: edad, estado civil, dónde vive, profesión, gustos y preferencias, etcétera; esto facilita una conversación agradable, útil para estrechar lazos entre dos personas desconocidas; si la compra o venta no se efectúa, dos seres humanos se habrán acercado y quizá nazca una amistad.
En educación no podemos obrar de manera distinta. En 1969 llegué a Guayaquil, en calidad de docente y dirigente educativo; antes de salir de Quito, ciudad donde residía y también educaba, un buen amigo me entretuvo dos largas horas con una serie de consejos que ahora los reconozco como invalorables: “allá donde fueres, haz lo que vieres”, me sentenció con firmeza; conoce profundamente la forma de ser y actuar de los guayaquileños que muy poco se parecen a los quiteños; no te extrañes de su alegría contagiosa y tampoco te molestes porque alzan el tono de su voz y aparentemente son prepotentes o groseros; pronto descubrirás que la gente costeña tiene un corazón tierno y que son fáciles para demostrar sus sentimientos, sean de alegría o de dolor. Entre otras cosas, mi buen amigo me entregó una lista de veintitrés palabras que debía evitar pronunciarlas frente a los jóvenes porque tenían doble sentido y era posible que al ser pronunciadas por mí produjeran reacciones inconvenientes; estas palabras eran inocuas en la serranía. Todo esto, amigas y amigos de EL UNIVERSO, para insistir en que los maestros antes de iniciar su labor en un determinado lugar están obligados a conocerlo, a estudiar su historia, a formarse una idea exacta de las bondades y debilidades del espacio geográfico donde les toca ejercer la noble misión de educar.
Las escuelas y colegios, en Babahoyo integran su alumnado con niños y jóvenes de la ciudad y de poblaciones muy distantes del centro de la urbe como Balsapamba, Pisagua, Montalvo, Mata de Cacao, Simón Bolívar, Tres Postes, Jujan, Pueblo Viejo, Ventanas, Catarama, Ricaurte, San Juan, Bejucal, Vinces, Chilintomo o Baba. ¿Cómo no interesarnos en conocer mejor nuestro eventual “lugar natal” y de dónde provienen nuestros alumnos a fin de tratarlos como personas y no como integrantes de una lista?
Semanas atrás fue para mí muy grato estar en Babahoyo para compartir la enorme alegría de la Dra. Cumandá Campi, quien junto a sus maestras, padres de familia y estudiantes celebraba los 47 años de fundación del Instituto Superior Tecnológico Babahoyo, obra nacida para cultivar la mente y el corazón de la mujer riosense.
El Ing. Bolívar Lupera Ycaza, rector de la Universidad Técnica de Babahoyo, todavía esperaba, en esos días, la ayuda del Gobierno central para hacer frente a los cuantiosos daños ocasionados por el invierno cuando se inundó la planta baja de la universidad. Qué fácil es ofrecer ayuda, qué difícil recibirla.