El encuentro Fragmentos de Junio, en su tercera jornada, recorrió parte de las herencias musicales y dancísticas ecuatorianas.
El hombre siempre ha danzado. Si en un inicio sus movimientos pretendían imitar a la naturaleza y reproducir los actos en los que cotidianamente transcurrían sus días, luego se identificará con el “espíritu” a través de bailes muy distintos.
Poco a poco la danza se socializa y, de satisfacción de necesidades espirituales y materiales, se tornará espectáculo. Entonces cambiarán las leyes: de acto participativo, se convertirá en acto de relacionamiento.
Relaciones que cobrarán sentido ante los ojos de un lector-espectador que se volverá dueño del significado. Aquel simple gesto originario adquiere dimensión espectacular, tornándose acción significante, llena de signos y símbolos informacionales y, por supuesto, transformadores, progresivos.
En estas noches de Fragmentos de Junio, en un programa que amalgamaba identidades, se recorrió parte de las herencias musicales y dancísticas ecuatorianas. Entre flamenco, pasacalles, pasillos, valses, ritmos costeños, danza contemporánea, etcétera, importantes exponentes mostraron su arte. El grupo Humanizarte con la obra Ecuador, el país de la canela; Retrovador con Porteños; el flamenco fusionado de Gloria Febres-Cordero en Mi encanto, anhelo e ilusión; las danzas tradicionales de la provincia de Esmeraldas de Geovanna Rodríguez con su tropa África Tambora y Sin, el work in progress de Tamia Guayasamín, nos mostraron un abanico de procederes. Un programa con marcado acento en bailes tradicionales y folclóricos, me sirve para insistir en que estos géneros están obligados a resolverse desde la teatralización convocante.
Pues, al salir de sus contextos para someterse a las luces, diseños, espectadores y exigencias del espacio escénico, tienen que transgredir la rica variedad de cantos, bailes, toques, máscaras, atributos, identificatorios de sus culturas milenarias y mágicas para habitar la escena coreográfica.
Pues, atención, para pensar en la escenificación de este legado, hay que saber dominar los requisitos de la escena. Esas coordenadas capaces de transformar lo evidente y chato en acto propositivo, dialógico y, sobre todo, escénico. Por ello, la distribución de figuras, la ordenación de sucesos, el colorido festinado de vestuarios, la variedad e impronta de las músicas tradicionales, etc., tienen que someterse al estudio y filtro que es el trabajo de mesa y montaje coreográfico.
No olvidemos que el discurso de la escena dancística contemporánea está condenado a la indagación perenne y a la invención verosímil. Reinvento que debe hacer dialogar tradición, memoria, olvido y experimentación. La escena es lente de aumento, no espejo. Y la danza ha venido a ella para salvarnos la existencia, para corroborar nuestra pertenencia a un legado heredado de abuelos y mitos. Quiérase que nuestras danzas sigan rindiendo culto al Sol, a la Luna, a la fertilidad, al disfrute, al agua y a la Tierra; pero desde el tino, la cordura, la concreción y la síntesis. Y es que, entre cielo y tierra, el baile es sagrado.