Se me ocurre llamarlos así porque no existen los tales “derechos de la naturaleza”. Todo derecho supone que su titular tiene la voluntad y la posibilidad de respetar derechos similares que tengan los otros. Tenemos derecho a la vida porque estamos dispuestos a respetar la vida de los otros. Lo mismo ocurre con la propiedad y la libertad. La naturaleza no puede ser sujeto de derechos porque no puede reciprocarlos. A la naturaleza, el conjunto de seres y procesos que existen sin intervención humana, no le interesa el hombre. Ella crea y destruye todos los días mundos similares al nuestro y ha aniquilado con sequías, terremotos y erupciones varias civilizaciones.
En cambio, no es pensable que el ser humano tenga la capacidad para destruir toda la vida en la Tierra. Imaginemos un holocausto atómico-químico-biológico, en el que se da rienda suelta a todo el poder destructivo de todas las naciones. Es seguro que después de esa hecatombe, en la que desaparecerán el hombre y algunas de las especies superiores, sobreviva la vida (microbios, insectos, roedores… ). Somos capaces de destruirnos a nosotros mismos pero no la vida y menos a la naturaleza.
La interacción del hombre con la naturaleza requiere de algún tipo de técnica o tecnología, esta puede ser elemental, como la de las herramientas de piedra, o muy sofisticada, como la electrónica. Estas técnicas, artes o herramientas siempre están destinadas a destruir una porción de la naturaleza: matar un animal, arar el suelo o utilizar un río en un proyecto hidroeléctrico. Ninguna es inocua. Ahora nos dicen que los pueblos silvícolas, como muchos de los que ocuparon la Amazonía, viven “en equilibrio con la naturaleza”. Mentira. Su economía basada en la caza y en la agricultura de tala y quema, es terriblemente destructiva y solo puede sostener grupos muy pequeños. Una ciudad con la población de Tena que pretenda vivir de la cacería y de la agricultura de tala y quema, acabará con toda la Amazonía en una década.
Las naciones que han vivido con ese tipo de organización se mantienen artificialmente pequeñas mediante dos métodos atroces: la guerra y el infanticidio.
Entonces, por el mero hecho de actuar como tal, el ser humano estaría atentando contra los “derechos” de la naturaleza. Si me dicen que si solo se destruye un poquito, de tal manera que la vida tenga la oportunidad de renovarse, no se atenta contra estos derechos, estoy de acuerdo… solo que tenemos que dimensionar el “poquito”. No es lo mismo una horda de cuarenta personas, que una ciudad de dos millones de habitantes.
Es pensable encontrar tecnologías apropiadas que produzcan un mínimo impacto, pero estas son justamente las más avanzadas y sofisticadas, y no las “prácticas tradicionales”.
Los únicos que tenemos derechos somos los seres humanos. Y entre estos, por supuesto, está el de vivir en un medio ambiente limpio, sano y bello. Un jaguar no tiene derechos, yo tengo derecho al jaguar, a contemplarlo libre con toda su hermosura asesina; la orquídea no tiene derechos, yo tengo derecho a mostrártela florecida pendiendo de un árbol centenario.