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Sí, No, nulos y blancos |
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Hay nervios en los graderíos. Ya no llama la atención que alguna gente de los palcos gubernamentales se coma las uñas cuando se habla del referéndum. Es que las cifras no parecen tan prometedoras como para repetir los resultados de abril del año pasado, cuando se aprobó la convocatoria a la consulta, ni los de septiembre, cuando la locomotora presidencial tuvo la fuerza suficiente para arrastrar de un solo tirón a ochenta vagones. Los puntos en contra, que entonces no existían, ahora están presentes de manera tan evidente que han despertado un súbito amor del Presidente por los medios de comunicación. No importa si pertenecen a banqueros prófugos o si antes fueron el blanco de sus ataques por mediocres, corruptos y mentirosos. Todo sirve cuando se trata de difundir las bondades del Gobierno y de la Asamblea, sobre todo si eso permite ganar unos votos a favor de la aún inexistente pero ya excelente Constitución altiva y soberana.
Lo que hasta hace poco parecía pan comido ahora está lleno de dificultades. Las expectativas levantadas con la Asamblea se han diluido por el tiempo dedicado a otras cosas y por los debates de temas que son intrascendentes para la mayoría de la población. Se han diluido, sobre todo, por haberla convertido en el recipiente al que han ido a parar las más delirantes utopías amasadas en las ONG, y que no encuentran en Montecristi la pista de realidad necesaria para aterrizar. Además, lo que en la campaña fue publicidad engañosa ahora está pasando la factura a sus promotores. Los anuncios de mejores condiciones de vida, que vendrían automáticamente, se han convertido en los tiernos e ingenuos artículos del buen vivir, que por supuesto aparecerá solamente después del referéndum. Por eso, mientras tanto, a controlar precios aunque eso signifique arroz para hoy y escasez para mañana.
Por todo ello, ha desaparecido el optimismo galopante. El temor es que, a pesar de que el Sí obtenga más votos que el No, aquellos no superen a la suma de estos últimos más los nulos y los blancos, como lo establece el estatuto aprobado el año pasado por el 82% de los votantes. Por tanto, la nueva Constitución sería rechazada. Para enfrentar el problema se han comenzado a barajar soluciones desesperadas. Una de ellas, ya imposible a estas alturas, es acortar los tiempos para no darle más oportunidad al desgaste. Otra es cambiar en el camino las reglas de juego, para contar solamente los votos válidos y asegurar el triunfo, pero eso se vería como una maniobra burda que produciría el resultado totalmente contrario. Sería demasiado evidente e insoportable el olor a vieja política, a partidocracia corrupta. La tercera es una solución intermedia y consiste en ir al referéndum en los términos y en los tiempos previstos, pero incluir una “segunda vuelta” en la que se contarían solamente los votos válidos, sin considerar los nulos y blancos. La apuesta, en este caso, es que el olor a engaño y a vieja política no produzca náuseas. |
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| Thomas L. Friedman |
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