Lunes 23 de junio del 2008 El Gran Guayaquil

Las vermús de los cines y sus sabrosos recuerdos en la muchachada de antaño

POR GERMÁN ARTETA

Sin televisores a color, reproductores de DVD y juegos electrónicos en casa, la gente menuda ansiaba la llegada del domingo para ir en busca de sus películas y actores favoritos. Los cines de barrios se llenaban.

Los chicos los llamábamos cines o teatros sin atender aquellas pequeñas diferencias que establecen sus estructuras.  También el nombre era lo de menos, pues por igual corríamos para llegar a tiempo a los que eran de imponentes edificios con aire acondicionado y butacas pullman, o aquellos populares o de ‘barrio’ cuyas galerías y lunetas no presentaban mayor diferencia: igual dureza de los asientos de luneta y galería, mientras el calor sofocaba y los escasos ventiladores  giraban sin cesar para tratar de ganarle la partida.

Pero allí, en sus boleterías, se arremolinaban los chiquillos y no pocos jóvenes  y algunos padres y adultos de la familia, para sumarse al bullicio de la vermú dominical de los cines de Guayaquil con la clásica oferta del ‘2 X 1’ (dos personas con un boleto), a la que las familias pudientes y pobres se acogían para que la prole asista a la esperada función de casi todas las semanas. Afuera de los locales y desde muy temprano, había un ambiente de feria: revendedores de boletos cuando la película estaba rotulada de muy buena o excelente, charoles con caramelos y  chocolatines, vendedores de refrescos y prensados, bollos, cebiches en balde, ‘huevos chilenos’ y muchísimas otras novelerías  para los curiosos asistentes.

Esperar el inicio de la función igualmente resultaba un suplicio para quienes iban ávidos por ver la película. Así, al apagarse las luces, el grito de ¡Yaaaa! dado por la concurrencia resultaba sonoro y unánime. Después de los  tráilers,   avances y rollos cómicos de regalo  venía el filme tan esperado. Al desarrollar la cinta y el héroe  iba tras los bandidos para castigarlos –como en las  de vaqueros–, la emoción llegaba a su máximo punto y los zapatos de los pequeños espectadores se estrellaban contra las escalinatas de la galería, por lo que el estruendo avivaba las  emociones.

Chocolatineros, maniceros y hasta quienes ofrecían a escondidas de padres y cuidadores unos folletines de dibujos ‘pornográficos’ –no tan escandalosos como los de ahora– tenían su mercado asegurado entre algunos chiquillos audaces que los compraban para llevarlos a casa o colegio. No faltaban algunos gritos de imprecación contra la pobre madre del operador del proyector, cuando la cinta se cortaba, quemaba o pasaba muy rápido. Tampoco contra el imprudente que se cruzaba por delante de la imagen en el instante de suspenso o emoción.

Al terminar la función, muchos de los niños  y jóvenes con la camisa en mano, por el calor que  habían soportado, aún se situaban a observar las carteleras portátiles que se colocaban al ingreso de los cines con fotos de las películas en exhibición y de próximo estreno. Al observar las imágenes de aquella recién vista se exclamaba señalando el cuadro  ¡este sí salió! o ¡este no! Enseguida, con los pocos centavos que sobraban, un helado, un vaso de refresco para amortiguar el hambre hasta llegar a casa, donde esperaba el almuerzo dominguero.

Cómo no recordar los cines y teatros  Presidente, Nueve de Octubre, Apolo, Quito, Central, Guayas, Juan Pueblo, Fénix, Ponce, Luque, Gloria, Olimpia, Encanto, Tauro, París, México, Paraíso, etcétera, que en sus localidades de luneta y galería o una sola recibían dominicalmente al enjambre de bulliciosos chiquillos que acudían a ver las películas mexicanas con Tony y Luis Aguilar, Jorge Negrete, Elvira Quintana, Viruta y Capulina, Lola Beltrán, Sara García, Joselito, Cantinflas,  Tin Tan y muchísimos otros artistas que dejaron gratísimos recuerdos.

O también al Variedades, Latino, Calero, Cuba, Victoria que  ponían en cartelera los filmes de ‘indios’ y vaqueros, hasta llegar a los más contemporáneos de las dos últimas décadas del siglo XX como el Guayaquil, Inca, Maya, Policines y Albocines que exhibieron las modernísimas producciones de Hollywood y de la cinematografía en general dueña de efectos especiales y recursos computarizados.

Desapareció la mayoría de los cines ‘grandes’ y de ‘barrio’ de la ciudad y junto con ellos marchó el ambiente festivo de la vermú dominical, que trae un bagaje de añoranzas a quienes ya son ‘cincuentones’ e incluso a los que vivieron con plena alegría su niñez en los 80 y 90 de la centuria pasada.

Hoy es raro ver filas para ingresar a una función de vermú dominical, pues los padres prefieren comprar las películas en formato DVD para que sus hijos las vean en casa.

El Gran Guayaquil

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.