Cada día trae su cosecha de correos electrónicos: poemas, confesiones, pedidos de auxilio, avisos de posibles suicidios. Encuentro allí una forma de eludir mis propias penas. Hallé en mi archivo un delgado poemario azul escrito a mano con marcador plateado. No recuerdo quién me lo hizo llegar en el 2007, pero recibo a quemarropa los siguientes versos: “Quisiera ser piedra para rodar inútilmente/ desmoronándome de a poco”.
Recuerdo el blog de la española Ariola, quien me dice: “Quisiera ser piedra. Quisiera no sentir, no ser nada, pasar desapercibida, lanzarme a tus pies para que tropieces, engarzarme a otras piedras, formar caminos infinitos que te lleven donde quieras, formar parte de un todo sin ser más que una piedra”. Un blog es un cuaderno de bitácora, recoge las impresiones de quienes navegan virtualmente. La peruana Yolanda Westphalen habla de “un silencio de piedra”, el que, supongo, rima con la paz de las catedrales a las que Goethe llamaba “música petrificada”. Es el tiempo detenido: las aguas del río siguen cantando, pero las piedras están allí puliéndose, necesitan miles de años para ser dulces, incapaces de lastimar los pies, se vuelven guijarros en la playa, coquetean con cada ola del mar.
Quisiera ser piedra lúcida, translúcida, para que la luz juegue conmigo, para no sentirme solo, para que otras piedras choquen de vez en cuando sin lastimar. Sueño con monumentos megalíticos que los hombres levantaron ritualmente. El hombre nació para construir, edificar, rozar, suavizar sus aristas. Regalé a una amiga mía una espiga de trigo recogida en el campo donde Van Gogh escogió dispararse una bala en el corazón, espiga sin argaña, suave como la seda, incapaz de rasguñar la mano de mi amada, dorada como ella.
Quisiera ser piedra inteligente, capaz de desviar su rumbo para no lapidar, no lastimar, no dar en el blanco ni en el negro, ni en la frente de Jesús. Quisiera ser de las que construyen o divierten, piedra filosofal de Harry Potter o Iñaki Uriarte. Recuerdo a Alfredo Espinoza: “Quisiera ser piedra pesada para que nadie pueda llevarme, porque a las flores las arrancan, a los animales los matan, a los niños los golpean, a los árboles les dan hachazos”.
No quisiera ser diamante ni gélida piedra, sino aquel talismán que uno esconde en mano para vencer los miedos. “Quisiera ser piedra de la locura” como la de Martín López Vega: “Quisiera ser la sangre que corre por tus entrañas”, quisiera ser mármol, árbol, cualquier cosa que se convierta en libro, en Pietá como las cuatro madonas adoloridas que nos dejó Miguel Ángel. Él escogió un bloque de mármol, no hizo más que quitar lo que sobraba. Quisiera volver a ser amante de mi Eva, silencio de la piedra no tocada, simple parte de su lápida.
Porque las piedras no mueren, se convierten en cualquier cosa desde la mismísima prehistoria. Sirvieron para matar, construir, apedrear, decir pampiroladas, hablar piedras, convertirse en cipos millares que nos digan cuántos kilómetros faltan para llegar a la muerte. Solo cuando te fuiste, mujer, supe que las piedras también podían sangrar.