- JUN. 22, 2008 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
Jesús no quiere para nadie el miedo. Ni el miedo a lo inmediato, ni el miedo a lo futuro. Comprende más que nadie nuestra inclinación a ver en todo el lado oscuro, y por eso nos repite sin cansancio que, en ningún momento, por más que nos sintamos solos, Dios se olvida de nosotros.
Hoy, para inculcarnos esta confianza, recurre a dos ejemplos fácilmente comprensibles: el del ave derribada y el del cabello contado.
En el primero de estos dos ejemplos, nos hace una pregunta para comenzar: “¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda?”. Y después, sobreentendiendo una respuesta afirmativa, nos brinda la enseñanza: “Sin embargo, ni uno de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre”.
Es su universal gobierno, inseparable de su providencia, lo que quiere destacar Jesús mediante el pájaro caído o muerto. Y lo subraya para concluir que no hemos de temer que Dios se olvide de nosotros: “Porque ustedes –insiste el Salvador– valen mucho más que todos los pájaros del mundo”.
El segundo ejemplo –que me afecta en directo– se refiere a que hasta los cabellos, precisamente porque “están contados”, tampoco se nos caen por casualidad. Si se nos muere un cabello, no será por un descuido del Señor. Será porque para servirle a Él y a los demás, no nos hace falta alguno. O quizás porque su permanencia en nuestro cuero cabelludo, aunque nos cueste entenderlo, nos sería contraproducente.
Más después de asegurarnos que el Señor jamás se desentiende de nosotros, el evangelio de la Misa acaba con la manifestación de una promesa encantadora: “A quien me reconozca delante de los hombres, yo también le reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos”.
¡Qué consuelo me dan estas palabras! Me parece que me ponen en la mano la seguridad de que mi vida va a acabar en el cielo. Y lo mismo la de usted, si reconoce a Cristo como Dios y si procura que otros muchos y otras muchas, también le reconozcan.
Nuestro Señor no quiere que tengamos miedo. Ni a las cosas de la vida ni a las cosas de la muerte; ni a las cosas temporales, ni a las cosas eternales. Solo quiere que le amemos porque es bueno, porque cuida de las aves y de las personas, porque no pierde de vista ni un cabello nuestro.