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El pintor que adoraba a las mujeres

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Junio 22, 2008

NUEVA YORK

“Roy Lichtenstein: Chicas”, presentan en la Galería Gagosian a 12 de las primeras pinturas de Lichtenstein, de las criaturas femeninas conocidas como mujeres. Con base en los cómics y rubias, en su mayoría, son anónimas, hermosas y a menudo tristemente preocupadas, generalmente por los hombres. O, si se prefiere, por los chicos.

Título aparte, la exhibición es fantástica. Justo cuando pensaba que había visto suficiente Pop Art para toda la vida, esta selección demuestra lo contrario. Revela a Lichtenstein perfeccionando su estilo indeleble, y al mismo tiempo, impersonal. Y, a final de cuentas, sólo un ogro negaría que los retratos de Lichtenstein de alguna forma glorifican a la mujer estadounidense al darles tan intenso poder formal a imágenes inocuas de su yo genérico inventado y sus emociones turbulentas.

Después de todo, como comenta Dorothy Lichtenstein, viuda del artista, en una entrevista en el catálogo de la exposición: “Roy adoraba a las mujeres”. Y el anonimato de las retratadas en sus pinturas tiene excepciones.

La mujer sonriente en “Sound of Music” obviamente es Julie Andrews a punto de soltar el canto, al tiempo que las notas musicales salen por la ventana —aunque su felicidad está mermada por la marcada sombra negra que divide su rostro en áreas de rojo y azul.

Estas pinturas son en sí mismas estallidos, bochornos de composición, Estados Unidos, humor y color galvanizados y fusionados por la inteligencia pictórica. Dado que sus maquinaciones visuales son absolutamente obvias, convierten a los términos arcaicos como forma y formalismo embriagantemente accesibles. Básicamente los vemos trabajar.

La viuda del artista señala que su esposo pintaba en un caballete que le permitía voltear cada lienzo, para así asegurarse de que su poder operaba en todas direcciones. Tenía que funcionar de manera abstracta; en otras palabras, de una manera que no pudiera ser pasada por alto.

Las imágenes basadas en los cómics, que datan de 1962, 1963 y principalmente 1964, están dominadas por el rojo, el amarillo y el azul intensos y sus contornos están generosamente delimitados con líneas negras. El ataque violento de color y la aparente mudez de las obras son interrumpidas por los globos de diálogo o de pensamiento (o, algunas veces, de música) en blanco y negro.

Las pinturas que carecen de ellos pueden parecer demasiado mudas, pero el silencio es su punto. En “Rubia esperando”, se perciben los segundos que transcurren frente al silencio, al tiempo que una mujer de cabello rubio observa fijamente un reloj despertador amarillo enseguida del poste de la cama amarilla, preguntándose simplemente qué tan tarde llegará su Príncipe Azul. El silencio se torna en un film noir en “Little Aloha”, en la cual los colores principales son negro y azul marino y una de las pocas mujeres no rubias de Lichtenstein ofrece una mirada seductora desde las sombras.

Sin embargo, incluso sin los globos de diálogo o las notas musicales, el blanco es un elemento esencial en estas pinturas. Es visible en los detalles notables, como las lágrimas de felicidad de la mujer en “Kiss V”, una composición compacta y casi en cuartos, que debe haberse beneficiado particularmente del caballete giratorio de Lichtenstein. Sin embargo, el blanco es filtrado principalmente a través de telones de puntos Ben-Day. El refinamiento y la manipulación de Lichtenstein de diseño de lunares es uno de los principales trasfondos de la exhibición.

Esta exhibición deja especialmente claro cómo funciona el trabajo de Lichtenstein como una especie de instructivo básico para ver y entender la gran ficción de la pintura: el pensamiento que requiere, su mecánica, su sencillez y rareza. Estas fabulosas pinturas comunican todo esto en un destello de placer, junto con la emoción del entendimiento.


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