Si en un país sorprendían antes los cambios, era en Cuba. Ahora no tanto, al menos luego de que Raúl Castro asumió el poder político, dedicándose a realizar una serie de reformas, que para algunos siguen siendo un maquillaje político pero que para otros, son las señales indiscutibles de los inicios de una transformación que posiblemente se dé en menos tiempo de lo esperado.
¿Qué tan lejos pueden llegar esos cambios? Realmente resulta muy difícil afirmar que lo que se dará es un cambio radical de modelo, señalándose que lo más probable es que se sigan ciertos principios del sistema chino, cuya propuesta es ciertamente sui géneris. En todo caso, se están produciendo modificaciones importantes como la que se dio hace algunos días, cuando se resolvió que la forma de pago a los trabajadores cubanos se base bajo el principio de quien más produzca sea el que más gane, decisión que más allá de posibilitar el surgimiento de una clase media en Cuba, significa el desmoronamiento del igualitarismo, uno de los pilares esenciales con el que se encendía el discurso político de Fidel Castro y con el que se arengaba la necesidad de una sola clase sin privilegios ni distinciones.
Resulta interesante señalar que el igualitarismo, de diversa y compleja definición teórica, ha permitido que se sustancien algunas de las más líricas y hermosas proclamas sociales, pero también ha logrado que se aglutinen en torno a ella las más radicales formas de fanatismo político, así como las más sesgadas visiones de carácter religioso. Como un estudioso señalaba, “el igualitarismo es un punto de vista que permite desatender la finitud diferencial humana, sea declarándola inexistente, sea declarándola no significativa” (nada difícil, ¿no?), lo que llevó a la creación de innumerables teorías y oportunidades, mejor demostradas con el ejemplo del zapato: bajo el igualitarismo, ¿qué se pretende?, ¿que todos calcemos el mismo modelo y número de zapato o que simplemente cada uno calce el suyo?
Bueno, hay quienes llegan al absurdo de pensar en lo primero y hay ejemplos políticos que así lo confirman. Naturalmente, toda esta discusión acerca del igualitarismo podría quedar en el campo de una árida discusión política y filosófica, si no fuese que varias de las reformas políticas que actualmente se discuten en la Asamblea Constituyente así como las teorías que se asocian a algunos de sus principales actores, están alimentadas por esa esencia de romántica transformación social, lo que en sí no estaría mal siempre que los asambleístas tengan claro el tipo de igualitarismo que están proponiendo. En ese escenario, ¿qué se pretende, que los ecuatorianos usemos el mismo zapato (lo que resultaría superlativamente molestoso o que cada ecuatoriano calce el suyo? La respuesta es muy sencilla, pero no cuando falta el sentido común.