sábado 21 de junio del 2008 Columnistas

Hacia el debate

Leo en un periódico estudiantil algunos conceptos que me desconciertan. Un maestro, entiendo que guiado por muy buenas intenciones, plantea “educar en la cultura”. Primer escollo. ¿Acaso se puede hacerlo afuera de ella?, me pregunto con asombro, como si los dos territorios estuvieran de por sí, distanciados y hubiera que hacer un esfuerzo especial para aproximarlos o fusionarlos. La educación, hecho ideologizado como todo acto humano, está completamente cargado de las convicciones de sus conductores. Y si como trae a colación el filósofo Savater en su indispensable El valor de educar “cultura es lo que el hombre añade al hombre”, allí tenemos imbricados los dos conceptos. Porque el rumbo al que se oriente a los estudiantes, cualquiera que fuese, desarrolla su complicado derrotero en la cultura.

En una columna del año pasado, reflexionaba yo sobre cómo entender el tan mentado concepto que ahora es la médula de todo un Ministerio en nuestro país (y no creaba nada nuevo, solo sistematizaba ideas asimiladas) y decía: cultura es el magma madre, bullente y fluido, desde donde se agita el ánima de una sociedad, para dar cabida a representaciones heredadas y a las nuevas, creadas al aire de influencias y brotes propios (6 de octubre de 2007). Participando de tal dimensión es que la ciencia, el arte, la tecnología, el derecho, los sistemas económicos, las religiones, son expresiones de esa gran matriz.

Pero el maestro insiste, en el artículo de marras, en particularizar la palabra para los productos que tengan “calidad y valor estético”, como si estas fuesen marcas objetivas, inamovibles y aprehensibles por todos los receptores. Y me regala el segundo escollo. Entonces me temo que está reconociéndole tal calidad solamente a lo que proviene de una tradición consagrada, a las piezas emergentes de unos sectores de la historia y de la geografía mundiales que nos han llegado por la vía de la ilustración y de la mirada de exclusivos productores.

Tal perspectiva justificaría que los programas de estudio estuvieran llenos de nombres, teorías y fórmulas fruto de un solo recorte de la humanidad: aquel que confirma los valores en que creen el maestro y la institución educativa. ¿Y la educación para el pluralismo, la democracia, el entendimiento, la negociación? ¿Y el esfuerzo por encontrar los caminos en común entre las diferencias?

La discusión sobre la plurinacionalidad y la pluriculturalidad en nuestro país sigue estando sobre la mesa, a pesar de las decisiones tomadas por la Asamblea Constituyente, precisamente para que la acción educativa amplíe sus congeladas perspectivas. ¿Deben derivar hacia los colegios los estudios de las culturas indígenas del Ecuador, no como mero dato anecdótico sino como expresiones vivas del medio?, ¿acaso los lenguajes, las modas, la música y los bailes de muchos jóvenes, brotando de una entraña popular no han impregnado ya otros estratos?

El tema da para mucho. En todo caso mi inquietud empieza por los conceptos porque desde ellos –muchas veces sin darnos cuenta– trabajamos los maestros. La tercera piedra con la que tropiezo al leer al colega es la creencia en “la pureza de la cultura”, todo ello me hace pensar en cuán interesante sería un abierto y nutrido debate al respecto.

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