La semana pasada, en un canal privado de televisión, dos periodistas peso pesado entrevistaron al presidente Rafael Correa. En un round la periodista arrinconó al entrevistado con la disyuntiva de qué era más importante, si el hombre o la naturaleza. El Presidente contestó más o menos así: dijo que si un ecuatoriano hambriento se topaba con el último cóndor, una especie en peligro de extinción, esa persona podía hacer con esa ave un fricasé y, así, salvar el hambre al menos por el momento. Broma de por medio, la réplica fue contundente: para nuestro gobernante importa más, por sobre todas las cosas, lo humano. Este tipo de declaraciones bien puede distinguir al presidente Rafael Correa de otros que nos han capitaneado, porque él muchas veces aborda la política de una manera políticamente incorrecta.
No quiero imaginar la reacción de los ecologistas radicales ante aquella ocurrencia, pero el hecho de que el Presidente no sea políticamente correcto es un punto a favor de las renovaciones que el país ha demandado, incluso a pesar de que el mismo Mandatario, en otros escenarios, ha apelado a la majestad como sostén del poder. Nada nuevo ocurrirá en el Ecuador si en los más altos círculos de decisión gubernamental no se afectan drásticamente la concepción majestuosa del uso del poder y la creencia errónea de que por encima del gobernante no hay nadie más en el país. Todos los ecuatorianos estamos por encima del Presidente –me refiero a la significación del cargo, no a la persona–, en el sentido de que él y todo su Ejecutivo responden a la voluntad popular. A fin de cuentas, ser presidente es simplemente tener un empleo.
Aquel hipotético jefe de Estado sordo a la oposición y a la postura contraria camina por las vías de la extinción, pues no debemos olvidar que somos nosotros quienes mandamos. Los enojos con el equipo gubernativo vuelven a hacer notorias las abismales distancias y diferencias entre el presidente Correa y muchos de sus ministros que aprendieron la acción política en partidos que ya nos condujeron a la desesperanza nacional. Debemos, pues, hacer guisado de lo decadente con el fin de vivir en una sociedad mejor. Y, a juzgar por recientes sucesos, el aparato estatal anquilosado, pesado, trabado y lento debe ser puesto en la lista de lo que tiene que extinguirse inmediatamente.
En declive también están aquellos periodistas de medios audiovisuales que no han entendido la gran responsabilidad con el sitial visible que ocupan, y que, en vez de contribuir al hallazgo de razones serias para un debate maduro, asumen intereses corporativos en nombre de una objetividad que más bien revela carencia de información y de cultura. Requerimos comunicadores formados, amplios de mente, informados, con posiciones asumidas sí, pero capaces de sustentar la calidad de sus opiniones. El recambio es fundamental en las figuras que la televisión ha creado porque ella incide con fuerza en la generación de conductas sociales. ¿Es que en el país existe un solo periodista de la televisión bien informado, bien intencionado, culto, formado, y que cede respetuosamente la palabra a sus entrevistados? Como se ve, la humorada del fricasé de cóndor trae cola ante tanto desaguisado que trajo el ring televisivo.