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Ha quedado en claro que la violación masiva no solo es una de las consecuencias derivadas de la guerra sino también, a veces, un arma deliberada.
Los dirigentes del mundo combaten el terrorismo de manera constante con reuniones cumbre y declaraciones e iniciativas de seguridad. Pero han hecho un esfuerzo consciente por ignorar una de las variedades más comunes y brutales de terrorismo en el mundo actual.
Esto es algo similar a un terrorismo que dirige sus ataques de manera desproporcionada en contra de los menores. No involucra armas de destrucción masiva, sino meramente rifles de asalto, machetes y palos afilados. Es la violación masiva y ayer fue elevada, tardíamente, a un punto de la agenda internacional.
El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas efectuó ayer una sesión especial sobre violencia sexual, con la secretaria de Estado de Estados Unidos, Condoleezza Rice, encabezando el debate. Esta sesión, patrocinada por Estados Unidos y respaldada por una resolución del Consejo de Seguridad que se pronuncia por la presentación regular de informes de seguimiento, quizá contribuya meramente a que la violación masiva ascienda de un tema inmencionable a un tema serio de la política exterior.
El mundo despertó a este fenómeno en 1993, tras el descubrimiento que fuerzas serbias habían creado una red de “campamentos de violación” en los cuales mujeres y niñas, algunas de apenas 12 años, eran esclavizadas. Desde esos días, hemos visto patrones similares de violación sistemática en muchos países, y ha quedado en claro que la violación masiva no solo es una de las consecuencias derivadas de la guerra sino también, a veces, un arma deliberada.
“La violación en la guerra ha estado ocurriendo desde tiempos inmemoriales”, destacó Stephen Lewis, ex embajador canadiense que fue el enviado de la ONU sobre Sida en África. “No obstante, ha dado un nuevo giro, al tiempo que los comandantes la han utilizado como una estrategia bélica”.
Existen dos razones para lo anterior. En primer lugar, la violación masiva es muy efectiva en términos militares. Desde el punto de vista de una milicia es arriesgado llegar a una lucha armada, así que es preferible aterrorizar a los civiles que simpaticen con un grupo rival y expulsarlos, privando de apoyo a los rivales. En segundo, la violación masiva atrae menos escrutinio internacional de lo que captan las pilas de cuerpos, debido a que el tema es más bien ofensivo y las víctimas suelen estar demasiado avergonzadas para hacerse oír.
En Sudán, el gobierno ha convertido la totalidad de Darfur en un campo de violación. La primera persona que me puso al tanto de esto fue una mujer de nombre Zahra Abdelkarim, quien había sido secuestrada, violada tumultuariamente, mutilada –le hicieron una cortada en la pierna, con una espada–, para luego ser dejada, desnuda y sangrante, con el fin de que regresara a su tribu. En efecto, ella se había convertido en un mensaje para su pueblo: Huyan o aténganse a las consecuencias.
Desde entonces, esta práctica de “marcar” a las víctimas de violación en Darfur se ha convertido en una práctica generalizada: las mujeres son cortadas o marcadas; a veces, también les cortan las orejas. Con frecuencia esto lo hacen agentes de policía o soldados, uniformados, como parte de una estrategia coordinada del gobierno.
Cuando los gobiernos de Sudáfrica, China, Libia e Indonesia respaldan las posiciones de Sudán en Darfur, ¿acaso realmente se proponen adoptar una política a favor de la violación?
La capital mundial de la violación es el este del Congo, donde, en algunas áreas, tres cuartas partes de las mujeres han sido violadas. A veces, las violaciones son perpetradas con palos afilados que dejan incontinentes a las víctimas a causa de las heridas internas, y un ex comandante de fuerza de Naciones Unidas en dicho país, Patrick Cammaert, dice que “es más peligroso ser mujer que ser soldado”.
¿Cuál ha sido la respuesta de la comunidad internacional hasta ahora? Aproximadamente: “No es nuestro problema”.
No obstante, este tipo de violaciones también complica la recuperación posterior al conflicto, pues la violencia sexual persiste incluso después de que la paz ya fue restablecida.
Con dolorosa lentitud, la ONU y sus estados integrantes al parecer están reconociendo el hecho de que la violación masiva y sistemática constituye, cuando menos, una indignación internacional de la misma importancia que, digamos, la piratería de discos DVD. Sin embargo, China y Rusia se están resistiendo a cualquier nuevo mecanismo para reportar casos de violencia sexual, considerando que si bien dichas violaciones son trágicas, son meramente una cuestión de criminalidad. Por el contrario, tribunales internacionales, de manera apropiada, han considerado que la violación sistemática constituye un crimen en contra de la humanidad, y que prospera, parcialmente, porque el mundo se encoge de hombros. La Organización de Naciones Unidas podría hacer mucho más por suministrarles servicios de salud a las víctimas de violación masiva e insistir en que las fuerzas de mantenimiento de paz, cuando menos, intenten detenerla.
En el Congo, los médicos del Hospital Curen al África y el hospital Panzi (healafrica.org y panzihospitalbukavu.org) reparan las heridas internas de víctimas de violación con destreza y humanidad. No obstante, mi recuerdo más indeleble de mi visita más reciente al país, el año pasado, se produjo cuando estaba entrevistando a una joven mujer que había sido víctima de una violación tumultuaria.
Yo la había llevado aparte a fin de proteger su intimidad, pero, de pronto, un enorme grupo de mujeres se acercó. Intenté ahuyentarlas, pero fue en ese momento que las mujeres explicaron que todas ellas habían sido víctimas de violaciones tumultuarias y habían decidido, a pesar del estigma y riesgo de represalias, que todas ellas contarían sus historias.
Así que, esperemos que los dirigentes del mundo y diplomáticos dejen de ofrecer excusas esta semana para explicar la parálisis y empiecen a emular la valerosa franqueza de estas mujeres congolesas.
© The New York Times News Service.