EL CAIRO |
No podría ser una exageración afirmar que la nominación de Obama como el candidato del Partido Demócrata a la presidencia ha hecho más por mejorar la imagen de Estados Unidos en el extranjero que todo el esfuerzo diplomático de Bush a lo largo de siete años.
Es probable que esta columna ponga en aprietos a Barack Obama, pero ese no es mi problema. No soy capaz de decir una sola mentira: Obama realmente goza del agrado de muchos egipcios y otros musulmanes árabes, los cuales esperan que él termine ganando la presidencia de Estados Unidos.
He tenido la oportunidad de observar varias elecciones estadounidenses desde el extranjero, pero ha sido inusualmente revelador estar en Egipto mientras Barack Hussein Obama se convirtió en el nominado del Partido Demócrata en busca de la presidencia de Estados Unidos.
Si bien Obama, quien fue educado como cristiano, les asegura de manera constante a los estadounidenses que él no es musulmán, a los egipcios les asombra, emociona y tienen la esperanza de que Estados Unidos termine eligiendo a un hombre negro cuya familia del lado paterno tenía herencia musulmana. No entienden realmente el árbol genealógico de Obama, pero lo que sí saben ellos es que si Estados Unidos –pese a que fue atacado por milicianos musulmanes el 11 de septiembre del 2001– llegara a elegir como su presidente a un tipo con el nombre “Hussein”, eso marcaría un mar de cambio en las relaciones mundiales entre Estados Unidos y musulmanes.
Cada entrevista al parecer termina con la persona a la que yo estaba entrevistando preguntándome: “¿Y ahora le puedo hacer una pregunta? ¿Obama? ¿Piensa usted que lo dejarán ganar?”. (Siempre es “dejarlo ganar” no solo “ganar”).
No podría ser una exageración afirmar que la nominación de Obama como el candidato del Partido Demócrata a la presidencia ha hecho más por mejorar la imagen de Estados Unidos en el extranjero –imagen mermada por la guerra en Iraq, la invocación de una “cruzada” posterior al 11 de septiembre por parte de George W. Bush, Abu Ghraib, la Bahía de Guantánamo y la xenofóbica oposición a que la empresa Dubai Ports administre puertos estadounidenses, que todo el esfuerzo diplomático de Bush a lo largo de siete años.
Por supuesto, los egipcios aún albergan sus quejas hacia Estados Unidos, y seguirán teniéndolas en el futuro sin importar quién sea el presidente; de la misma forma, nosotros tenemos algunas quejas para ellos. Pero, cada cierto tiempo, Estados Unidos hace algo tan radical, tan fuera de lo ordinario –algo que arraigadas sociedades tradicionales como las de Oriente Medio sencillamente nunca podrían imaginar– que revive la “vena” revolucionaria de Estados Unidos en el exterior de una forma que ningún diplomático podría haber creado o planeado.
Acabo de comer en un restaurante junto al Nilo con dos funcionarios egipcios y un empresario, y uno de ellos citó las palabras de uno de sus hijos, el cual le había preguntado: “¿Podría ocurrir algo como esto en Egipto algún día?”. Y la respuesta de todos los presentes a la mesa, por supuesto, fue: “No”. Eso no podría ocurrir en ninguna parte de esta región. ¿Podría un copto convertirse en el presidente de Egipto? Para nada. ¿Podría un chiita convertirse en el líder de Arabia Saudita? Ni en cien años. ¿Un presidente bahai en Irán? En sus sueños. Aquí, el pasado siempre sepulta al futuro, no al revés.
Estos funcionarios egipcios se mostraban particularmente emocionados respecto a la nominación de Obama, ya que eso podría significar que la etiqueta de reformista “pro estadounidense” quizá ya no sea un insulto aquí, como ha sido en años recientes. En las propias palabras de un diplomático: La actitud de Obama les sugiere a personas extranjeras que él no solamente escucharía lo que tengan que decir, sino que incluso pudiera tomarlo en consideración. Anticipan que un presidente de Estados Unidos que haya pasado una parte de su vida viendo a Estados Unidos desde el exterior –como hizo John McCain mientras fue prisionero de guerra en Vietnam– estaría mucho más sincronizado con las tendencias mundiales.
Mi colega Michael Slackman, jefe de la oficina del Times en El Cairo, me contó sobre un reciente encuentro que tuvo con un trabajador en la famosa Mezquita Azul de El Cairo: “Gamal Abdul Halem estaba sentado en un tapete verde. Cuando vio que éramos estadounidenses, dijo: ‘¿Empatados Hillary-Obama?’, hablando con un fuerte acento en inglés. Él me dijo que vivía en el Delta del Nilo, por lo cual tenía que efectuar un recorrido de dos horas todos los días para llegar al trabajo, y aun así encontraba el tiempo para mantenerse al tanto de la contienda. No tenía comentarios negativos acerca de Hillary Clinton, pero sentía que Obama sería mucho mejor debido a que su piel es oscura, como la suya, y porque tenía herencia musulmana. ‘En lo personal, al igual que mi familia y mis amigos, prefiero a Obama’, dijo. ‘A todos nos gusta lo que él está diciendo”’.
Sí, toda esta manía por Obama resulta excesiva e inevitablemente se romperá si él gana la presidencia y empieza a tomar difíciles decisiones o comete grandes errores. Sin embargo, por ahora, lo que esto revela es el grado hasta el cual muchos extranjeros, después de la amargura de los años de Bush, siguen anhelando la “idea de Estados Unidos”: un lugar abierto y optimista, y, de hecho, revolucionario, tan diferente por completo a sus propias sociedades.
En su historia estadounidense del siglo XIX, What Hath God Wrought, Daniel Walker Howe cita las palabras de Ralph Waldo Emerson, pronunciadas ante una reunión de la Asociación Mercantil de Bibliotecas en 1844: “Estados Unidos es el país del futuro. Es un país de comienzos, de proyectos, de vastos planes y expectativas”.
Ese es el Estados Unidos que fue tragado por el combate al terrorismo. Y es el Estados Unidos que mucha gente quiere recuperar. No tengo la menor idea con respecto a si Obama ganará en las elecciones de noviembre. Pero, sea o no así, el solo hecho de haber sido nominado ya ha logrado algo de suma importancia. Nos hemos sorprendido a nosotros mismos y tomamos por sorpresa al mundo, y, al hacerlo, les recordamos a todos que nosotros aún somos un país de nuevos comienzos.
© The New York Times News Service