miércoles 18 de junio del 2008 Columnistas

Informales

La ciudad de Guayaquil ha cambiado para bien. Tiene hermosos rincones no sospechados antes. Recorrer el malecón de la Ciudadela Universitaria es una bella caja de sorpresas. Las fotografías de algunos rincones con los laureles florecidos,  el manglar, el Salado  crecido, el paisaje de la otra orilla donde se vislumbran torres de iglesias y pequeños cerros pueden hacer pensar que estamos en algún paradisíaco rincón europeo. Es sencillamente hermoso. Las calles céntricas adoquinadas, con asientos, y algunos árboles colaboran para que nos sintamos orgullosos. Los barrios arreglados cambian la vida de los moradores. La ausencia de informales quita colorido pero da una sensación de seguridad. Sin embargo no debe ocultar la pobreza que obliga a salir a buscar un comprador  donde se lo pueda encontrar. Cuando la policía municipal arrebata la mercadería a los informales es un atropello y una enorme injusticia.

Hace años yo vendía como informal en el mercado de San Alfonso de Riobamba, los días sábados. Lolita, una vecina del pueblo de Yaruquíes donde vivía, me introdujo en los secretos de la venta de los tomates, guayabas y granos que ofrecíamos. “Si vienen de Guayaquil, pídale un precio más alto. Siempre vienen muy temprano, no regatean y compran sin protestar, me instruía.   Luego vienen los de la ciudad, ahí hay que saber regatear, pero en un cajón siempre se guarda una parte para regalar. Se la da a quienes no pueden pagar, vienen más tarde y es como darle a Dios”, me decía. Los otros días yo salía a vender con un canasto lleno de pedazos de torta hechos en los hornos de leña del pueblo. La angustia de buscar por las calles  alguien que compre me persigue aún cuando veo a alguien ofreciendo sus productos. Quisiera comprar todo lo que vende.

Blanca hace unas empanadas exquisitas. Las vendía en una cancha de la que la han desalojado en aras del progreso. ¿Cuántas empanadas hace? “La verdad no las cuento, porque siempre dejo algo para regalar a quien no tiene cómo comprarme. Pero Dios da para todos”, me responde.

Estaba en un espectáculo que se celebraba en el MAAC. En medio de la cola, algunas personas habían llegado con dos horas de anticipación, se escurrieron unos niños y niñas con mochilas.  Después, en la penumbra de la noche se deslizaron entre las sillas de los espectadores, ofreciendo al triple de su precio real caramelos, chicles, chocolates que hacían la espera menos larga y el espectáculo más dulce… La mayoría los llamaba y los niños se disputaban los clientes.

En la avenida Las Monjas un mayorcito muy limpio, con hermosa sonrisa sin dientes ofrece flores para regalar a las enamoradas. Debería estar gozando de una jubilación que no lo saque  a las calles.

Admiro la capacidad de sobrevivencia de las personas que salen a vender lo que pueden,  donde pueden. Ofrecen aquello que necesitamos, al paso.

Regular el asentamiento de la venta informal es un desafío y una exigencia. Facilitar que todos puedan trabajar es un derecho, ordenarlo un deber. Tener un censo de quiénes y por qué venden lo que venden es importante. Para que quienes venden mercaderías que pasan de contrabando no compitan con quienes cumplen los requisitos legales.  Para que la ciudad no se transforme nuevamente en un caos colectivo.

Darles un uniforme a los cuidacarros ayudaría a identificarlos y formalizar su trabajo.

Esos empresarios “unipersonales” deberían aportar un mínimo que les garantice los beneficios del seguro social y la jubilación.

Dialogar y comprender las necesidades y los diferentes puntos de vista es una urgencia.

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