martes 17 de junio del 2008 Columnistas

Encrucijada de las universidades

En no escasa medida, el fracaso de un país en los ámbitos innúmeros de su vida social, económica y cultural, se debe al fracaso de sus estamentos universitarios. A la inversa, la prosperidad de una sociedad, su salud, su fuerza ética, el avance de sus ciencias, técnicas y artes, se deben en gran medida a la alta calidad de sus universidades. Juzgue el lector el estado de nuestras universidades a la luz de la situación general del país y juzgue la situación del país como un efecto parcial de sus universidades, del modo en que estas se han organizado, funcionado y trabajado. En todo caso, así lo han hecho las autoridades e instituciones estatales.

Si el presidente Rafael Correa y su gobierno han decidido “promover una profunda reorganización del sistema educativo universitario” es, en definitiva, por las circunstancias anómalas y desafortunadas que rodean al estamento universitario del país. Ejemplos al canto: debido al número cada vez mayor de estudiantes, y a que su demanda no es satisfecha por las poquísimas universidades que merecen su nombre, han proliferado en los últimos años, como hongos tras la lluvia, setenta y tantas universidades cuyo propósito, si acaso y tenuemente, será el de enseñar, pero ante todo y sobre todo, es el de conferir diplomas. Son, sencillamente, fábricas de títulos. Son, sencillamente, en el caso de varias universidades  privadas, negocios lucrativos. A costa de los estudiantes, por supuesto; a costa de la sociedad en su conjunto, desde luego; a costa del presente y futuro del país, sin duda.

El hecho es escandaloso. En buena hora el Consejo Politécnico de la Espol ha preparado un documento serio que contiene el análisis de la situación y unas cuantas proposiciones y sugerencias dignas de tomarse en cuenta. Por mi parte, creo conveniente definir y establecer qué clase de universidad requiere el país. Una definición apropiada puede servir para trillar y seleccionar, de entre las existentes, aquellas universidades que deberían seguir considerándose tales y separar aquellas que deberían perder privilegios y prerrogativas como los de emitir títulos universitarios.

El diccionario de la Real Academia define así universidad: “Institución de enseñanza superior que comprende diversas facultades, y que confiere los grados académicos correspondientes”; el diccionario Webster: “Institución educativa del más alto nivel”; la Enciclopedia Británica: “Institución de educación superior”; la Enciclopedia Salvat: “Conjunto de facultades e institutos superiores de educación que tiene como objeto promover el progreso de la ciencia y proporcionar la cultura necesaria para el ejercicio de los oficios y de las profesiones”. El documento de la Espol, por su parte, se inclina por universidades de calidad, como son en muchos países, en especial del Primer Mundo. Dice: “La historia de las últimas décadas ha demostrado que dos pilares fundamentales del desarrollo integral de un país son: 1.- Un sistema educativo de excelencia, en especial en el nivel universitario; y, 2.- Un sistema de ciencia, tecnología e innovación concordante”.

No hay tiempo que perder: es imperativa la reorganización de las universidades, a riesgo de fracasar dolorosamente como sociedad y país.
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