Se sienta en el piano para empezar la sesión de fotos, pero de forma casi inevitable sus dedos se deslizan sobre las teclas hasta alcanzar una melodía que lo impulsa a cantar y que invade de a poco cada rincón del Parque Histórico Guayaquil.
“Te juro que no voy a poder hablar” es lo primero que advierte Daniel Betancourth cuando intentamos hacer la entrevista mientras él toca en el piano una de sus canciones. Su pasión supera a las preguntas, pero luego lo desinhibe para contar esa seducción suya por la música, la guitarra y el público.
“Siempre quería hacer algo con la música, no sabía qué exactamente, pero desde pelado tenía esa necesidad y vehemencia por explotarlo todo”. Daniel sentía intriga por algunos instrumentos musicales y el primero que descubrió fue la batería, una de los pitufos que le regalaron cuando tenía 5 años.
“Obviamente reclamé porque era de los pitufos y yo quería una de verdad. Pero tuve que lucharla y aprender un poquito para que valga la pena que me consigan una”, cuenta él entre risas.
La tuvo ya de adolescente cuando con sus compañeros del colegio Nuevo Mundo integraba las bandas musicales para tocar en las kermeses. Entonces cantaba al ritmo de las baquetas (desde atrás, donde nadie lo veía), hacía segundas voces, pero nunca fue voz principal.
Luego vino su romance con la guitarra, esa que ahora es su compañera preferida porque la lleva a todos lados y “no se queja, no reclama, no es celosa”.
Con la guitarra empezó a componer, a expresar toda esa ebullición musical que le venía desde adentro, y a cantar, aunque fuera para él solo. “Antes de ser cantautor fui autocantor”, confiesa con un sentido del humor caracterizado por bromas sobre sí mismo.
La música era lo suyo y esa convicción la tenía desde que era un alumno de bachillerato. Por eso quizá no fue de los más aplicados. “Yo como estudiante era buena gente. Yo proyecté cuando era pequeño lo que iba a ser y veía dentro de lo posible qué me podía servir en el futuro, y la raíz cuadrada no me iba a servir. No es que no la estudiaba, pero no captaba mi atención, perdía el interés”.
Con 17 años y ya graduado de bachiller, Daniel Betancourth se decidió a estudiar diseño industrial en la Universidad Jefferson. Quería aprender un poco de arte porque entre sus aspiraciones estaba, además, ser arquitecto.
Pero la música le seguía rondando la cabeza. Ese sueño interior seguía reflejándose en sus acordes de guitarra y las prácticas en casa.
Su papá, José Vicente Betancourth, lo había notado, así que decidió encararlo. “Entonces qué, ¿arquitecto, diseñador o músico?”, le preguntó. “Lo primero que se me vino a la cabeza fue músico, le contesté sin dejarlo terminar la pregunta. Me dijo: Qué hacemos estudiando diseño, vamos a buscar una universidad”.
La sonrisa enciende el rostro de Daniel cuando lo recuerda. Y mientras intenta entonar otro acorde en el piano, dice que su papá y su mamá, Guadalupe Bejarano, han sido un pilar fundamental en su carrera. Fueron los que confiaron y lo apoyaron en su formación.
Del Centenario a Miami
Con ese respaldo, 19 años cumplidos y una carga de aspiraciones en la maleta, Daniel dejó su familia y su casa en el barrio del Centenario para radicarse en Miami.
Llegó al Miami Dade College, donde tras cinco años se graduó en voz de jazz con guitarra y piano como instrumento secundario de especialización.
Estudiar allí le abrió aún más sus expectativas. Tenía como compañeros a jóvenes de todo el mundo y se propuso aprender lo mejor de cada uno: el ritmo de los cubanos y los puertorriqueños, el sabor de los dominicanos, el colorido de los colombianos, los argentinos y los gringos.
“Yo tenía cantidad de cosas en la cabeza y me decía cómo carajo voy a proyectar esto. No sé pero voy a coger una cosita de cada uno y hacerlo en uno solo”.
Lo más difícil fue descubrirse a sí mismo (es algo que aún le cuesta, dice). Pero al final supo qué quería ser y cómo debía hacerlo.
Daniel tomó contacto con Jorge Luis Bohórquez, a quien conocía desde Guayaquil y estudiaba también en el Miami Dade College, y empezó a grabar sus primeros demos. Por él se vinculó, en el 2002, al reality ‘Protagonistas de la música’.
Roberto Angelelli, quien trabajaba en Telemundo, le comentó a Bohórquez del programa y le sugirió que Daniel podía aplicar.
Él no quería inscribirse ni de broma. “Le dije yo no ni loco, olvídate, dile que no. Él me dijo mira, inténtalo, y mandó el demo a Roberto; luego me llamaron para que vaya a hacer el casting y fui”.
El día de la prueba, confiesa Daniel, el coraje lo invadió. Había aspirantes de todos los países y de todas las edades. Él tenía 21 años y se sentía viejo de recién estar ahí.
Pero se dijo o “lo hago bien o me quedo” y fue escogido de entre unos 10.000 aspirantes para integrar el grupo de los catorce chicos que entraron a la casa. “Aprendí muchísimo en esa casa, aprendí a escuchar y a ver todo el aspecto de la música, a verlo como un negocio, como algo más que solo tocar”.
Daniel quedó en sexto lugar. A su salida continuó sus estudios y empezó a tocar en bares en Miami, Nueva York y Puerto Rico.
Dos años después volvió al Ecuador con la propuesta de trabajar profesionalmente con Jorge Luis Bohórquez. “Encontramos un sonido diferente y lo empezamos a pulir. Lo que nos demoró fue encontrar el estilo”.
Su seductora favorita
Así nació Seductora, una mezcla de balada y hip hop latino. “Es una de mis canciones favoritas de todos los tiempos porque es el estilo que siempre quise proyectar, y encontrarlo es maravilloso. Me enorgullece decir que algo que yo canto es el estilo que me gusta”.
Luego vinieron Bella, Prefiero y la reciente Caramelito. Sus influencias musicales son diversas. Desde U2 y Depeche Mode hasta Willi Colón, Juan Luis Guerra y Alejandro Sanz. En su música esa diversidad se nota. Hay piano, jazz guitarra flamenca y eléctrica.
Sus canciones no han parado de escucharse con fuerza en las radios ni de sumar fans. Pero él prefiere no hablar de fama. Le huye. La mira con recelo. “Ni la quiero mencionar. Está con quien sea, deja a quien sea, engaña, miente. Lo que yo quiero es proyectar mi música, no ser famoso, no me interesa”.
Famoso o no, Daniel recorre el país con presentaciones que van desde Puyo y Tena hasta Loja, Manabí y Galápagos. Ahí canta, se toma fotos y firma autógrafos. Dice que valora el respaldo a su música y que no tiene poses ni exigencias de artista: duerme en el hotel que le toque y viaja en carro o avión.
No es complicado e incluso para su promoción en Guayaquil va manejando su propio carro hasta los medios que le toca visitar.
¿Le cuesta trabajo al chico “aniñado” del Centenario? Él se ríe y aclara que no es así. “Quién le ha dicho a la gente que porque vive en el barrio del Centenario es pelucón. Los que viven ahora en la burbuja y se han ido del sur, esos son los pelucones. Soy ciento por ciento sureño, no aniñado”.
Así que aunque no lo verá farreando en alguna discoteca porque no le gusta, es común verlo con sus amigos jugando fútbol en alguna cancha, tal como lo hacía en el colegio. De ahí su día pasa entre el estudio de grabación, donde ensaya y compone, y la promoción.
Ahora trabaja en impulsar su primer disco, Seductora, y se alista para el primer concierto de su gira Seductora 2008. La presentación será el próximo 21 de junio, a las 20:00, en el Centro de Convenciones Simón Bolívar. Dice que está un poco nervioso, pero lo “suficiente para que salga chévere”.
El inicio de su gira lo sigue haciendo soñar. “Yo estoy verde, yo no he enseñado nada de lo que voy a enseñar, de lo que voy a proyectar”. Quiere mostrar todas sus facetas y dice, con esa seguridad y fuerza con la que toca el piano, que ahora a sus 27 años ya no cree que está viejo para eso.