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Edición del DOMINGO 15 de Junio del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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El helicóptero
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Es un padre sobreprotector, que acude a rescatar a sus hijos ante el mínimo problema físico y moral. Por eso procura estar en contacto permanente con ellos, lo cual se ha facilitado enormemente gracias al celular.

Además, tiene altas expectativas con respecto a los logros de sus hijos, pues exigen a las escuelas altos estándares académicos y demandan lo mejor de sus vástagos. Sin embargo, muchos de estos requerimientos están fuera del alcance de los hijos y producen serios problemas de ansiedad, estrés y desadaptación social.

Tanta sobreprotección termina por afectar a los jóvenes, ya que, según los investigadores, esta actitud impide que aprendan a resolver problemas, tomar decisiones, asumir responsabilidades y ser independientes.

Cary Anderson, quien es doctora en Educación de la Universidad Saint Joseph de Filadelfia, dice que la paternidad helicóptero va más allá de las historias de los padres que discuten con los profesores sobre las notas o que llaman a posibles jefes para convencerles de que contraten a sus jóvenes adultos.


El proveedor
Es un padre que se encarga de traer el dinero y el bienestar a la familia, que se ocupa de las relaciones laborales y sociales, pero que prefiere desligarse de las responsabilidades cotidianas de la educación y crianza de los hijos.

Su comportamiento, dice Samuel Merlano, está basado en el aprendizaje que recibió de su padre. Tiene baja autocrítica de ver otras opciones de participación como padre en casa y está convencido de que así debe ser su función.

Mientras sus hijos cuenten con la mamá apoyándolos en la crianza y educación, este papá está tranquilo. Pero si no está ella y como padre está ausente en la comunicación y, además, es poco afectivo con sus vástagos, ahí sí está en problemas con ellos.

Los hijos imitarán su conducta, siendo poco afectivos, comunicativos y en muchos casos con problemas de valores.


El indulgente
Es el padre que está muy involucrado con los hijos, pero no impone límites o restricciones a su comportamiento. Deja que los vástagos se salgan con la suya, porque confía en que la combinación del estilo de crianza con la falta de imposiciones producirá un hijo creativo y con confianza en sí mismo. Pero, dice Merlano, el hijo no aprende a controlar su comportamiento, llega a ser manipulador, confunde los roles familiares y no trabaja en base a metas.

En este caso el papá tiene que aprender a tomar o aplicar dosis de disciplina en el hogar. Esto implica poner límites, establecer reglas claras y desarrollar planes de motivación a base de metas. Así va a lograr que sus hijos estén motivados y que puedan respetar las reglas dentro y fuera del hogar.


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