Casi todos hemos tenido la sensación de estar camotes, ansiosos, con las manos sudadas, con fuertes palpitaciones del corazón, y no hacemos más que dibujar corazones y corazones en la hoja del cuaderno. Cuando nos enamoramos nuestras emociones se ven arrastradas en un torrente de sustancias hormonales, eleva nuestro ánimo a las alturas de vértigo, nos aleja a menudo de la realidad y en ocasiones somos capaces de hacer “locuras por amor”.
Me imagino el “lleva y trae” que se regó en la monarquía de Mónaco cuando el príncipe Rainiero de 27 años, recién coronado, decide sentar en el trono a la actriz Grace Kelly, quien de realeza nada, de belleza todo. El príncipe quedó prendado de los bellos ojos de la actriz norteamericana, dejó su sillón de mando y la siguió hasta los Estados Unidos para establecer un romance, y como “el que la sigue la consigue” la convirtió en su princesa.
Juana de Aragón y Castilla pasó a la historia con el despiadado apelativo de Juana la Loca. Se lo ganó después de velar por muchos años el cadáver de su esposo. Para los historiadores no era desequilibrio, sino el inmenso amor. Locura la de Vicent Van Gogh que se cortó una oreja y la regaló a una prostituta.
Desde el común de los mortales hasta los que se los hace creer estrellitas inalcanzables son capaces de manifestar su amor con “creatividad”. Johnny Deep cuando todo iba viento en popa se tatuó el nombre de su amada “Winona for ever”, luego de la ruptura se transformó en “Wino for ever”. Mientras que no hay sillas ni sillones que dejen de ser pisados por Tom Cruise cuando de expresar su amor a Katie y a Suri se trata.
No puedo dejar de mencionar una de las más locas historias de amor, que a mi criterio sucumbió en demencia. Hablo de mi colega Virginia Vallejo, talentosa periodista colombiana que en su libro Amando a Pablo, odiando a Escobar revela el tormentoso romance con el jefe del cartel de Medellín. Sus palabras textuales: “Pablo me hizo la mujer más feliz del mundo. Nunca fuimos a París, nos veíamos en mi apartamento o en el suyo. Ya después en la selva, era como ir a ver al Che Guevara en la selva boliviana”.
Siento ofender con la comparación, pero los enamorados somos a veces como el burro, digan lo que nos digan el amor nos ciega y nos convierte en esclavos de los deseos de la otra persona y en ocasiones de los nuestros también. Escuchaba a mi madre contar que sus amigas y familiares de jóvenes “huyeron con los enamorados”, luego tuvieron que casarse y no hubo palabra que las hiciera entrar en razón.
Ame más, ofrezca y arriesgue menos –“yo te amo con la fuerza de los mares; yo te amo con el ímpetu del viento, yo te amo en la distancia y en el tiempo yo...”. Todas esas promesas, locuras de amor que uno piensa que es de soplar y hacer botella “por ti subiría al cielo en bicicleta y bajara sin frenos”.
“Ya que solo por ti la vida me es amada, El día en que me faltes me arrancaré la vida...”. Con este lapidario termina una estrofa del poema El Alma en los labios, de Medardo Ángel Silva. Lamentable, no solo se quedó en letra, sino en una acción.