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Edición del DOMINGO 15 de Junio del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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El Crisol de don Colón
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“Nunca diga no puedo, hágalo” es el mensaje –plasmado en un afiche– con el que don Colón Pizarro Morán recibe a sus clientes en la imprenta Crisol, en José Mascote y Ayacucho.

Es que este tipógrafo de 80 años, dedicado desde hace 64 a su profesión, ofrece más que servicios de imprenta a sus clientes. Quienes acuden por un block de facturas o tarjetas de presentación reciben también frases de aliento, un trato agradable y hasta una esquela con consejos de vida.

“Lo mejor es ver a un usuario satisfecho porque vuelve y recomienda a otros. Yo siempre digo: hago bien mi trabajo o no lo realizo”.

Don Colón, como lo conocen sus clientes, se graduó de tipógrafo en la Escuela  de Artes y Oficios de la Sociedad Filantrópica del Guayas, en 1944. Obtuvo en su diploma la calificación de cinco S, que equivalía en ese tiempo a muy sobresaliente.

Dice que se animó a seguir tipografía motivado por el hermano de un compañero y que terminó enamorado de la profesión.

Su primer trabajo fue como operario y cajista en la imprenta La Reforma, donde laboró ocho años, y luego en la imprenta  editorial Vida, en la que permaneció seis.

Su labor consistía en armar los libros para la impresión, como lo hacen ahora los diseñadores gráficos. Hoy el texto se digita en la computadora y se imprime en sistema láser. En su época, los cajistas colocaban letra por letra o palabra por palabra hasta formar las páginas y luego el libro.

En su imprenta conserva uno de los recuerdos más gratos que le ha dejado su profesión: el libro Memoria de la Liga Ecuatoriana Antituberculosa, del Dr. Juan Tanca Marengo, en el que figura una mención a don Colón como cajista armador.

En 1960, con la experiencia en imprenta, decidió montar  la suya. La llamó Crisol, que era el recipiente donde se fundía el metal para los linotipos. Compró una máquina de oportunidad y poco a poco pudo adquirir las demás.

Ahora se mueve entre máquinas artesanales,  cajones con letras y palabras metálicas con las que continúa sirviendo a colegios, empresas y público en general.

La computadora no ha llegado a su imprenta. Pero eso no
es impedimento para su trabajo. Se comunica por teléfono con su nieta, quien le confirma desde la máquina de su casa el número de autorización del SRI para la emisión de facturas, por ejemplo.

Su local fue uno de los pioneros de las artes gráficas y él está orgulloso de eso. Ha dedicado su vida a esa profesión y cree que vale la pena seguir transmitiendo –hasta que Dios le dé vida– ese legado a otras generaciones.

Nunca se ha cansado de hacer lo mismo. “Cuando a uno  le gusta su profesión, nada es imposible y todo resulta fácil”.


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