“Deshacemos el amor” en vez de hacerlo. Felizmente estamos hablando de un sentimiento que de ninguna manera puede esfumarse para siempre por más herido que lo pintemos. Confundimos la falta de amor con aquel egoísmo que nos impulsa al descuido frente a lo que sienten o piensan los demás. No es que el mundo esté lleno de odio sino que impera la indiferencia, cada individuo viviendo dentro de su propia burbuja. En cualquier idioma gritamos “I need you, te necesito, j´ai besoin de toi”. Cada ser humano busca una rima, un eco, una resonancia, un puerto, un refugio. Bien se sabe que la peor desgracia consiste en no amar, no sentirnos amados.
El desarrollo tecnológico nos reduce al miserable yo rodeado de múltiples cosas que permiten prescindir de los demás. Somos islas, nos conformamos con aplastar las teclas de una computadora, los números del dial en un teléfono para satisfacer nuestras necesidades. Los ojos han perdido su capacidad de expresión, hemos inventado palabras como mensajear. Hemos descubierto el clic. El ordenador ha reemplazado la carta manuscrita, nos entrega el correo en bandeja de entrada, entre correo no deseado o eliminado.
No solo escasean las relaciones interpersonales: se enfrían, se marchitan, se resquebrajan. Tenemos grandes ideales de paz, de justicia pero nos dejamos llevar por el desamor. Jamás el te amo se ha convertido en tal necesidad visceral que carcome por dentro. John Lennon ya lo cantaba: All you need is love: “No hay nada que puedas saber que no se sepa, nada que puedas ver que no se haya visto, ningún lugar adonde puedas estar que no sea donde tienes la intención de estar. Es fácil: todo lo que necesitas es amor”.
Hemos perdido la cortesía, el misterio, la intuición, la empatía, el deseo de ser parte de otra persona. Hemos cortado el hilo de la comunicación, creado interferencias, abolido la urgencia del diálogo. Hemos olvidado que el amor es construcción diaria por el resto de nuestra vida, lo esperamos en la vereda como se hace cola para el autobús. Nos cuesta caminar hacia donde mora el sortilegio, donde espera el hechizo, donde florece el prodigio, brota el encantamiento, el embrujo. Ya no sabemos domesticar, acercándonos con cautela, paciencia, infinita ternura. Queremos todo de inmediato. Si una mujer nos gusta no la cortejamos, atropellamos su jardín, tomamos sus sueños por asalto.
Nos hablan de una época medieval en que nació el amor cortés pero naufragan Romeo y Julieta, Tristán e Isolda. El divorcio se ha vuelto remedio como lo es la aspirina para el dolor de cabeza. Solo tenemos una delgada tajada de afecto que no deja la relación afectiva florecer a largo plazo. El aborto se vuelve solución cuando el amor pisoteado, convertido en estorbo, llora en un rincón. La felicidad se refugia en la posesión. En vez de te amo nos conformamos con te tengo. Los detalles son lo de menos, las atenciones delicadas se vuelven manifestaciones poco masculinas. El desamor es oscuridad, búsqueda incesante de aquella luz que todo lo volvía mágico.