Para muchos es un hospital más. Para otros, el lugar donde concentran su esperanza. El área de rehabilitación del Carlos Andrade Marín, del IESS, acoge a decenas de afiliados que buscan superar o aliviar sus dolencias.
Las quejas por el mal servicio son muy comunes entre los pacientes del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), pero en el área de rehabilitación es muy diferente. Quienes acuden a este departamento, ubicado en el hospital Carlos Andrade Marín, en Quito, encuentran un espacio para levantar su optimismo e iniciar una etapa de recuperación con la ayuda de los médicos y fisioterapeutas.
Cada interno expresa esperanza. “Para mí es una bendición de Dios”, comenta Humberto Caiza mientras realiza sus ejercicios en el gimnasio II, equipado con diversas máquinas. Él cuenta que recibió una descarga eléctrica y, gracias a la rehabilitación, ahora puede valerse por sí mismo.
Desde temprano se acercan cientos de personas. En promedio, 600 pacientes cada día.
En un largo callejón de luz tenue se destaca la imagen de La Dolorosa y, frente a ella, Ana Zapata, de 72 años, se persigna y reza por su salud todas las mañanas, antes de desarrollar su terapia de recuperación.
Zapata relata que, en un año de tratamiento, ha mejorado sustancialmente su vida.
El área de rehabilitación del IESS funciona desde mayo de 1970, por lo que los equipos y accesorios necesitan, en algunos casos, ser reemplazados por nuevo y, en otros, reparados, sin descuidar la atención permanente a los pacientes.
La rehabilitación representa un ahorro directo para el hospital porque el consumo de fármacos disminuye notablemente, afirma Marcelo Noboa, jefe del área de Servicios de Rehabilitación del Carlos Andrade Marín.
Según los fisioterapeutas (que, en promedio, atienden a 18 pacientes por día cada uno), en este departamento se da un trato personalizado.
Ahí se evidencia que hay un ambiente de familiaridad y hasta de amistad. Se entiende porque, en algunos de los casos, los pacientes llevan más de un año en los procesos de terapia. La mayoría de las visitas de los enfermos son diarias y, en promedio, duran 20 minutos por sesión, aunque en casos graves pueden llegar hasta 40.