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Una orquesta urbana con solos industriales

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Lirismo en las vigas y armonía en tuberías oxidadas: David Byrne ha creado una sinfonía arquitectónica en el Battery Maritime Building de la ciudad de Nueva York.
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Junio 15, 2008

Por RANDY KENNEDY | NUEVA YORK

La sinfonía de la isla de Manhattan, compuesta e interpretada fortissimo a diario por los camiones de basura, los altavoces de los coches, las máquinas para erguir vigas, los frenos de los autobuses, las bocas de alcantarilla combadas, los radiadores que cascabelean, la gente que grita desde ventanas muy altas y la estridente televisión que ahora te saluda en la parte trasera de un taxi es el tipo de música que la gente pagaría mucho dinero por silenciar si hubiera un interruptor para ello.

Hace poco, en un hangar destartalado de un espacio al pie de la isla, David Byrne, artista y músico, puso su dedo en un interruptor que hizo precisamente lo contrario: hacer que sonara dicha música a propósito.

El interruptor era una tecla blanca en la parte de los graves de un avejentado órgano Weaver a bomba, que era prácticamente lo único que había dentro del viejo Great Hall del Battery Maritime Building, una antigua estación de ferris construida hace 99 años en la punta sur de Manhattan que llevaba más de medio siglo en estado de letargo.

Había sustituido las entrañas del órgano por relés, cables y manguitos azul claro. Y cuando le dio a la tecla, un motor de 110 voltios atado a una viga en lo alto del techo de la sala empezó a vibrar, con lo que, básicamente, tocaba la viga y producía un ensordecedor zumbido grave. O, siendo menos generoso, un sonido como el de un camión en Canal Street con el silenciador suelto.

Byrne paseaba sus dedos por el teclado, lo que provocaba más zumbidos y gritos, quejidos y ruidos sordos y tintineos hasta que llegó a una tecla que parecía no hacer nada.

“Nos ha dejado de llegar registro de ése de abajo”, decía, y envió a dos técnicos-artistas a que se subieran a un andamio para que vieran por qué un interruptor magnético en concreto no estaba convirtiendo una de las gigantescas columnas corintias de la sala —rematadas con delfines enormes en posición vertical— en una especie de castañuela arquitectónica.

El proyecto que Byrne ha creado con apoyo de la organización de arte público Creative Time es una especie de giro inesperado respecto los proyectos que Creative Time ha hecho realidad desde que empezara a ayudar a artistas a que utilizaran la ciudad como lienzo en 1974.

La organización suele encontrar edificios dilapidados, abandonados y ricos desde el punto de vista histórico, y crear instalaciones en su interior, como hizo el británico Mike Nelson el año pasado cuando transformó un ala del Essex Street Market del Lower East Side de Nueva York en un laberinto tenuemente iluminado. El proyecto de la estación de ferris se llama Playing the building (Tocar el edificio).

Pero en el caso de Byrne, fundador de los Talking Heads, que lleva el mismo tiempo siendo artista visual que músico y productor, la estación decimonónica se ha convertido en la instalación o, al menos, una parte sorprendente de ella de 836 metros cuadrados que, en otra época, sirvió como ruidosa sala de espera para los pasajeros que iban allí a embarcar en los ferris con dirección al sur de Brooklyn. El edificio no se ha utilizado para servicios importantes de transbordadores desde 1938.

Diversos planes para que albergara de todo, desde un museo infantil hasta una compañía de danza, pasando incluso por las oficinas de Creative Time, se han ido desechando a lo largo de los años. Al menos durante los próximos dos meses, el edificio servirá simplemente de orquesta gigantesca de hierro fundido.

Además de tener instalados varios motores, que producen los sonidos graves al hacer vibrar un conjunto de vigas que antaño soportaban una claraboya de vidrio de colores en el techo de 12 metros de altura, el órgano está conectado a una bomba que le inyecta aire a través de una maraña de manguitos.

Los manguitos serpentean hasta llegar a las viejas tuberías y conductos del agua y de la calefacción de la enorme sala, lo que provoca sonidos primitivos de flauta.

Y luego hay más de una docena de solenoides a resorte, pegados como pájaros carpinteros a las columnas e incluso a un radiador del tamaño de un jugador de fútbol americano que emite un tono sorprendentemente sonoro cuando se le golpea en el lugar adecuado con una varilla de metal. Cuando tocas el teclado con ambas manos —algo que le estará permitido hacer a cualquiera que entre a ver la exposición—, la sala cobra vida entre rugidos y repiqueteos, por lo que parece albergar a un grupo de música invisible que interpreta algo escrito por Philip Glass en colaboración con una banda de punk, un japonés virtuoso del sho y una cocina llena de niños con cacerolas y cazos.

Hace poco, mientras trabajaba en el proyecto en su estudio de Manhattan, Byrne asegura que, por lo general, intentaba evitar proyectos de arte relacionados con la música porque no quería que su reputación como músico se confundiera con dichas obras.

Pero cuando lo invitaron hace varios años a proponer una pieza para Fargfabriken, un espacio para exposiciones en una antigua fábrica en Estocolmo, empezó a pensar en cómo transformar un edificio en un instrumento (una de sus ideas para el proyecto sueco fue construir un microondas enorme dentro de la sala).

Había heredado un órgano a bomba desafinado de un amigo que iba a dejar su taller de impresión en el distrito de empaquetado de la carne. Así que Byrne utilizó el órgano para crear la primera versión de Playing the building en 2005. Byrne no ha compuesto piezas para el órgano-edificio y no tiene en mente tocarlo en público. Pero afirma que espera que el proyecto diga algo sobre la dirección que está tomando la música popular.

“No estoy insinuando que la gente abandone los instrumentos musicales y empiece a tocar con sus coches y apartamentos, pero creo que el reino de la música como un producto básico fabricado únicamente por profesionales puede que esté de capa caída”, explicó en un debate sobre la exposición con Anne Pasternak, comisaria del proyecto y presidenta de Creative Time. “La desaparición de las grandes empresas discográficas como guardianes de la música popular mundial es, básicamente, algo bueno”.

Byrne, con un sombrero de paja de ala curva con una pluma pegada a la cinta, pareció aburrirse de las armonías arquitectónicas y llevó a un visitante hasta una sala oscura. “Hay cosas muy raras aquí atrás”, dice.

Luego coge su mochila y sale para llegar a otra cita al norte de la ciudad en el instrumento más raro y más musical de todos los de Nueva York: el metro.


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