“Todo proceso en los estados modernos se sustenta en una cohesión social y cultural”, dice un especialista en proyectos socioculturales de la Unesco, durante una intervención en un Taller sobre Derechos de los Pueblos, parte de un programa especial organizado por la Fundación EL UNIVERSO y varias agencias de las Naciones Unidas a propósito de los sesenta años de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Se habló mucho de interculturalidad, de discriminación, de identidad, hubo numerosas e interesantes preguntas. Sin embargo, esa frase me dejó una inquietud.
Si queremos un proceso de cambio, si decimos que estamos en él, ¿será que para que ese proceso sea real y dé frutos se necesita primero cohesión social y cultural? ¿Será que la ingobernabilidad de nuestro país ocurre porque esa cohesión no se da?
Son preguntas que mantengo todo el tiempo, mientras más se habla de la diversidad en el Ecuador. Hay 14 nacionalidades indígenas que hablan 10 idiomas diferentes, existen los afrodescendientes, los montubios, los cholos, los mestizos y los blancos. Esto es 19 culturas, que están allí aunque no todas sean igualmente visibles. Si bien los indígenas primero y los afrodescendientes después se han hecho notar al plantear sus reivindicaciones, no sucede lo mismo con los montubios y los cholos que están invisibilizados, pero conservan su cultura.
Y si cultura es, como se dijo en el mismo Taller, buscando una definición sencilla, “conjunto de normas, valores, creencias, tradiciones, formas de organización social, manifestaciones materiales e inmateriales de una población, su arte y en general las formas de vida de un pueblo”, quiere decir que tenemos, al menos, 19 maneras de ver el mundo y actuar sobre él.
Entonces, construir la interculturalidad de la que tanto se habla es un proceso en el que debemos avanzar con empeño, si queremos que la construcción de un país distinto sea real. Es fácil decirlo, pero difícil lograrlo porque nos cuesta reconocernos como discriminadores de los otros y aceptar que hay otras concepciones de la sociedad y, si lo aceptamos, pensamos que la nuestra es mejor que las demás y esperamos que los otros asimilen lo nuestro.
Quizás más que en un proceso político deberíamos empeñarnos en un proceso sociocultural previo que nos permita, al fin, construir una nación que se reconozca una en la diversidad y entonces sí, concebir una organización política que responda a esas diferencias culturales y, por supuesto, históricas.
Ese proceso se construye cada día y en cada uno de nosotros porque aceptar al otro es reconocernos iguales y distintos.