Tengo una colega que no se anda por las ramas a la hora de pronunciar opiniones. Me cuenta que le dice a sus alumnos: “Yo no aspiro a ser la mejor amiga de ustedes, quiero ser la mejor profesora”. La afirmación es perfecta para el presente cuando asistimos al lamentable espectáculo de la renuncia del maestro a ser el elemento clave de la formación de los estudiantes. Apréciese que no digo instrucción, transmisión de conocimientos, orientación investigadora y más fórmulas que la pedagogía actual puede crear para variar el eje educativo o para, simplemente, esquivar con eufemismos, el meollo de la responsabilidad de llamarse educador.
El tema viene a cuento de haber estado en medio de numeroso grupo de adolescentes asistiendo a una obra de teatro y habiendo comprobado cuán mal se comportan los estudiantes. Eran alumnos de colegios privados, identificables en sus uniformes y con acompañantes de sus planteles. Interfirieron durante toda la representación, burlaron a los actores, nunca se concentraron en los parlamentos, lanzaron gritos destemplados amparados en la semioscuridad de la sala. Los que estaban cerca de mí cuchicheaban entre ellos, se volteaban, manipulaban sus celulares.
No está lejos de mi memoria el tiempo en que yo fui acompañante de grupos en acciones parecidas, cuando asistir al teatro era el cierre perfecto de la obra que habíamos leído y analizado en el aula. Cuando los muchachos eran inducidos a apreciar en el arte dramático la más intensa y completa de la expresiones artísticas. Cuando se esperaba ávidamente el foro con director y actores para revisar los criterios de la lectura. ¿Figurarán estas actividades en esas presencias fugaces, en esas masas de jóvenes riéndose de cualquier estupidez?
Todavía la respuesta a los numerosos problemas ecuatorianos parecería estar en la educación. Se repite hasta la saciedad que la educación integral, crítica, liberadora hará mejores ciudadanos. Llevo años de creerlo y de oírlo. Pero cuando veo a estos jóvenes reacios a la autoridad porque sus mayores se han apeado de las metas del esfuerzo y la disciplina, perdidos en los laberintos de la complacencia familiar (¿también los padres y madres querrán ser los mejores amigos?), sin el menor atisbo de las exigencias del mundo que los desafía, experimento el desaliento de la desesperanza.
El caso concreto de la falla de comportamiento en la obra de teatro es una mera señal de problemas más profundos. Sin embargo, no sería inteligente dejarla pasar como una malacrianza más de la edad. La pérdida de las formas ha golpeado a este mundo más allá de todo límite. Y no estoy defendiendo las tiesuras de Carreño ni nada que se le parezca. Abogo por la cortesía básica que hace la vida más amable y nos vincula a todos en las redes del respeto y la consideración. Defiendo la entrega emocional y concentrada a los mensajes artísticos, científicos y de cualquier tipo que exigen nuestra disponibilidad psicológica, la mente abierta, encarnarse en la metafórica esponja con que se absorben actitudes y conocimientos. Las destrezas del pensar con lógica, de comunicarse con capacidad de persuasión y argumentación, las habilidades para descubrir y construir nociones nuevas, no parecían caracterizar a la horda riente y banal que me rodeó hace unos días.
No hay duda de que necesitamos legiones de profesionales marcados por el ideal de mi colega: “ser la mejor profesora”, así como batallones de progenitores dispuestos a ser “los mejores padres”.