VALLADOLID, ESPAÑA |
Estudiando la estructura de la Comunidad Europea y su relación con el constitucionalismo español, necesariamente nos introdujimos en la historia de este Viejo continente y particularmente de la Madre Patria.
Solo así podemos entender cómo potencias ancestrales acostumbradas a adherir territorios a sus reinos y a someter a quienes así no lo quisieren con el poder de sus ejércitos y economías, han hecho un esfuerzo sostenido a lo largo de más de cincuenta años por integrarse adaptando sus realidades a reglas comunes de convivencia y progreso.
Esa es una constante del ser humano en la historia; aprender con sus propios errores y cuanto más catástrofes estos generen, más duradera la lección.
Europa vivió dos guerras mundiales y aprendió la lección; Alemania perdió dos guerras y no solo que se recuperó de entre las cenizas cual ave fénix, sino que se proyectó a la cabeza de las economías mundiales para ser uno de los motores solidarios del éxito comunitario europeo.
España vivió primero la Guerra Civil, luego el aislamiento tras la derrota de Hitler y Mussolini y finalmente una dictadura extrema que silenció vidas inocentes y generaciones que no llegaron a serlo, so pretexto de liderar una contrarrevolución anticomunista.
El terror por lo ocurrido (perder padres, hermanos, hijos, amigos, familias enteras) llevó a los españoles a realizar un gran pacto de convivencia pacífica, solidaridad y progreso; para que nunca más España se desangre por bayonetas hermanas.
Afortunadamente, el desarrollo de las telecomunicaciones hoy nos permite conocer lo que sucede en cualquier rincón del mundo y cómo no, la historia de los pueblos contenida en libros, páginas web y enciclopedias virtuales, no solo en textos sino en videos y fotos.
Por ello me pregunto, ¿hasta dónde va a llegar el Ecuador? ¿Vamos a tener que vivir una guerra civil o un colapso económico que derive en conflagración social para aprender la lección y solo entonces, con las almas partidas y las ciudades devastadas, lleguemos a consensos, reconociéndonos hermanos y poniéndonos de acuerdo en cómo hacer del Ecuador un lugar donde vivir en paz y con progreso para las futuras generaciones?
¿Es que no bastan las lecciones que en abundancia recoge la historia de los pueblos del mundo?
¿Qué forma de Estado puede tener durabilidad en el tiempo si para su estructuración no se toma en cuenta ni a una parte de la sociedad, satanizada como neoliberal, partidócrata y pelucona, ni a la otra, que se dice representar, pero que en realidad se la utiliza para pretender legitimar lo ilegitimable jurídica y constitucionalmente a base de un voto inconsciente, estimulado por bonos, demagogia y migajas de los jugosos fondos petroleros que se diluyen en engordar a un ya obeso aparato estatal que desde hace más de 170 años está en deuda con los ecuatorianos en la gran mayoría de sus obligaciones?
Yo ya no sé si Rafael Correa tenga tiempo de enrumbar esta nave a la deriva, o peor aún, si tenga la intención de hacerlo.
Solo aspiro a que la gente sensata y que ha tenido la bendición de educarse, asuma el liderazgo solidario de los desposeídos y perjudicados en el perverso reparto de los talentos y lejos de pensar en separatismo o violencia insurgente, abandonen el cómodo sillón de espectadores del desastre nacional y pongan su intelecto al servicio de la república.