- JUN. 12, 2008 - Foto - La Caja - EL UNIVERSO
Sucedió exactamente lo que debía suceder en ‘El momento de la verdad’, la selección de invitados ha derivado hacia el lado más escandaloso. Lo de este domingo fue una buena muestra.
Las vivencias de un drogadicto rehabilitado fueron de alto impacto: agresión a la madre, derroche de dinero a manos llenas, expulsión del colegio, de los trabajos… Todo lo que se pueden imaginar saltó a la palestra, bajo dos premisas: el personaje que se confiesa públicamente hizo lo que hizo cuando no era él, cuando estaba bajo el influjo de sustancias psicotrópicas; segundo: todo sucedió en el pasado. Hoy hace esfuerzos por rehabilitarse, por salir del infierno y construir una vida normal.
En la ambigüedad moral del juego, las dos premisas quedan como anécdota. Porque no sabemos cuál es el verdadero mensaje de ‘El momento de la verdad’, cuando el concursante describe cómo agredió a la madre en un ataque de síndrome de abstinencia y el presentador Andrés Jungbluth anuncia con cara de satisfacción: “Por estas verdades acabas de ganar 500 dólares”. Pongamos el caso más extremo. Que aparezca alguien con las suficientes ganas de exhibirse en TV nacional y los límites morales tan bajos que no le importa contar algún crimen, aunque dice estar arrepentido y rehabilitado. ¿Igual le van a premiar con $ 500 o 1.000? Podrán debatir todo lo que quieran, pero el mensaje será que no importa lo que se haga, importa confesarlo en la tele. Los realities tienen mucho de experimento social. En este caso, implica a la misma TV: ¿cuántos límites puede traspasar?