El Gran Hermano cumple 60 años y sigue campante. En 1948 George Orwell escribió su novela más conocida: 1984, obra de ficción política ubicada en un mundo futuro devastado por una guerra nuclear y dividido en tres “megaestados” totalitarios. Uno de ellos, Oceanía (Inglaterra más un tercio del planeta), está dominado por un partido único: el Ingsoc (socialismo inglés), cuyo líder máximo, el Gran Hermano, es un rostro omnipresente en la vida de los ciudadanos con algunos atributos del Dios de los cristianos: está en todo lado, te vigila todo el tiempo, conoce tus pensamientos, lo sabe todo y es infalible. El héroe Winston es un anónimo funcionario del Ministerio de la Verdad (de la comunicación y la información siempre falsa) que resiste al Estado y decide llevar un diario personal con sus pensamientos, un crimen dentro de ese sistema; su trabajo burocrático es alterar todos los días la información y las cifras para que la población crea que el Gran Hermano es infalible y que la nación progresa.
Oceanía vive en guerra permanente con uno de los otros dos estados alternativamente; la guerra sirve para mantener la paz social interna, según estrategia del Ingsoc para conservar el poder y el control. La “Neolengua” es otro recurso fundamental de control político: consiste en recortar el idioma eliminando las palabras de sentido múltiple (que en toda lengua son mayoría) para crear nuevas palabras que tengan un solo sentido, de modo que haya una coincidencia absoluta entre palabra, sentido, pensamiento y acción. El verdadero propósito de la “Neolengua” es que todos los sujetos piensen de una sola manera y obedezcan automáticamente a las consignas del Gran Hermano y el Ingsoc. La “manera correcta” de pensar en Oceanía es no pensar, solo obedecer y repetir eslóganes. Los crímenes son tener pensamientos y deseos propios. El Gran Hermano es la encarnación del partido y la forma perfecta del amor al líder. Winston se enfrenta solo al aparato del Estado total para preservar su condición de sujeto del inconsciente, sujeto particular, sujeto de deseo. No puede ganar. Para el Estado, él es un loco criminal, una minoría de uno solo.
La novela de Orwell puede leerse como una metáfora sobre el “totalitarismo”. Según Slavoj Zizek, psicoanalista esloveno, el “totalitarismo” es un fantasma frecuentemente usado por las hegemonías demoliberales para mantener el poder alertando al pueblo contra toda iniciativa de cambio social. Según Orwell, idealista del socialismo decepcionado por la realidad del partido, el “totalitarismo” es la utopía inconfesable que guía los pasos de todo proyecto supuestamente revolucionario que no tenga límites. Ambos tienen razón, es una fantasía intimidante conservadora y/o inspiradora del exceso, según el caso.
Si al mal escribiente las barbas no le dejan, todo gobernante se quejará de que las leyes le estorban, de que la Constitución no le permite realizar su histórico proyecto. Algunos harán lo que puedan con las leyes vigentes, otros las irrespetarán directamente y otros pedirán una Constitución de la talla de su incapacidad. Este aniversario es una ocasión para leer 1984 y asumir nuestra particularidad, nuestro deseo y nuestra alternativa de apoyo u oposición a cualquier “Estado total” como solución.
*Médico psiquiatra y profesor universitario.