miércoles 11 de junio del 2008 Columnistas

El hambre es amarilla

Domitila Chungara, indígena de las minas bolivianas escribió en su libro Si me dejan hablar que el hambre es amarilla. Ese era el color con que ella veía o más bien no veía, cuando padecía el hambre por largo tiempo. Hay por lo menos cerca de 780 millones de personas en el mundo que no tienen qué comer y que, si el color del hambre es una constante, deben estar viendo y muriendo en esos colores. Cada año el hambre mata 12 millones de niños en el mundo. Mucho más, diariamente, que las personas que murieron en el ataque a las Torres Gemelas. ¿Será que el hambre es terrorista? No serán terroristas más bien los que nos han llevado a esta situación mundial que ha hecho que Ban Ki-Moon, secretario general de la ONU, fuera claro en expresar las razones por las que hay que hacer frente a semejante tragedia humana en la reunión sobre la crisis alimentaria que acaba de celebrarse en Roma: “No podemos: fracasar (en resolver el problema). Es una lucha que no podemos perder; el hambre crea inestabilidad y tenemos que reaccionar unidos e inmediatamente”. En su declaración no hay compasión, hay miedo dice Juan Gelman.

Esa realidad no es una explosión imprevisible, no es un mito. Se la ha venido preparando largamente. Como largamente hemos venido devastando a la tierra. Cuando nos encontramos ante los hechos consumados del calentamiento global y las catástrofes naturales con que nuestra madre tierra intenta reaccionar y equilibrarse, nos sorprendemos. Como nos sorprendemos que en Haití, los pobres coman galletas hechas de barro.

Me cuesta comprender que nuestro gobierno realice una campaña internacional para obtener recursos  que eviten la explotación petrolera en la reserva natural de Yasuní. El estar asentados en una zona de riqueza petrolera y ambiental nos hace aún más responsables y solidarios con la vida de todo el planeta. La no explotación por los peligros que acarrea y los impactos que tiene para el mundo no debería ser negociable. Porque bajo ningún concepto son negociables la vida de las personas, de los animales, de la naturaleza toda que gime, en términos bíblicos, con dolores de parto por nuestra irresponsabilidad. Si condenamos a los secuestradores que raptan y asesinan personas con el pretexto de que con su intercambio o su rescate conseguirán aquello que quieren, nosotros no podemos bajo el pretexto de obtener recursos para el país y la gente que lo habita, pedir dinero a cambio de no matar las reservas naturales. Dado que si seguimos así, estas serán parte de la memoria colectiva de la humanidad, en vez de realidad asombrosa, ¿no será implementando su respeto, regulando el turismo que se podrán obtener los recursos que necesitamos?

La naturaleza no es la responsable de las catástrofes que nos asedian. Los reales culpables son una economía incapaz de ofrecer a todos oportunidades y una sociedad que coloca la eficiencia económica por encima del respeto a la casa común y la compasión con todos los seres humanos.

Un poema de Pablo Neruda  expresa en poesía aquello a lo que aspiramos:

Pan. ¡Cuán simple y sublime eres!; hecho de granos y de fuego; milagro repetido, acción del hombre, voluntad de vida…

Todo nació para ser entregado, compartido,  multiplicado.

Todos los seres tendrán derecho a la vida.

Así será el pan del mañana, para todas las bocas,  sagrado y consagrado.

Porque será el producto de la más larga y de la más dura lucha humana.

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