miércoles 11 de junio del 2008 Columnistas

Momento de pragmatismo radical

RAMALA, Ribera Occidental |

El déficit de confianza es exacerbado por el hecho que tras la renuncia de Israel a la franja de Gaza en el 2005, los palestinos, en vez de construir una Singapur ahí, construyeron Somalia y se centraron no en cómo producir microchips, sino en cómo lograban que sus cohetes hicieran blanco sobre Israel.


Cuando informaba desde Israel, a mediados de los ochenta, el gran debate aquí giraba en torno a si la construcción de asentamientos de Israel había superado o no un límite irreversible, un punto en el cual se volvió prácticamente imposible imaginar cualquier retiro serio. A menudo, el interrogante era enmarcado de la siguiente forma: “¿Son cinco minutos para la medianoche o cinco minutos pasada la medianoche?”. Bien, habiendo conducido un poco por una parte de la Ribera Occidental (Cisjordania), como siempre hago cuando estoy de visita, me impacta más que siempre que no solo son cinco pasada la medianoche, sino que son  cinco después de medianoche y toda una semana más tarde.

Hoy día, la Ribera Occidental es una fea serie de parches de altos muros, retenes israelíes, asentamientos judíos “legales e ilegales”, poblados árabes, carreteras judías que solamente colonos israelíes usan, caminos árabes y retenes. Esta dura y pesada realidad en el terreno no empezará a retroceder con un proceso de paz convencional. “La solución de dos estados se está desvaneciendo”, manifestó Mansour Tahboub, director general del periódico  Al-Ayyam,  en Cisjordania.

De hecho, actualmente estamos en un punto en el cual lo único que pudiera funcionar es lo que yo denominaría “pragmatismo radical”; esto es, un pragmatismo que sea tan radical y vigoroso como el extremismo que espera anular. Sin eso, temo, Israel seguirá por siempre embarazado de un estado palestino nonato en su vientre.

Resulta obvia la razón por la que necesitamos un distanciamiento radical: el rumbo acostumbrado, que siguen  tanto israelíes como palestinos, no tiene suficiente energía o autoridad para generar una solución. Con el aliento de la administración Bush, Israel y la Autoridad Nacional Palestina están negociando en la Ribera Occidental el borrador de un tratado de paz que, supuestamente, será archivado, hasta que los palestinos tengan suficiente capacidad de ponerlo en marcha. Yo dudo seriamente que las partes alcancen acuerdo alguno, ya no digamos que tengan la energía para echarlo a andar.

La escasez de energía israelí-palestina de estos tiempos se da en tres niveles: primero está el nivel de la esperanza y la confianza. Desde que el acuerdo de Oslo se vino abajo, el romance ya salió del proceso de paz. Israelíes y palestinos me recuerdan a una pareja que, tras un tormentoso cortejo, finalmente contrae matrimonio y un año después de haberlo hecho, se engañan mutuamente: los israelíes siguen construyendo asentamientos y los palestinos siguen generando odio. Cuando se engaña y se tiene guerra después de la paz, la confianza se desvanece por largo tiempo.

El déficit de confianza es exacerbado por el hecho que tras la renuncia de Israel a la franja de Gaza en el 2005, los palestinos, en vez de construir una Singapur ahí, construyeron Somalia y se centraron no en cómo producir microchips, sino en cómo lograban que sus cohetes hicieran blanco sobre Israel.

La segunda carencia de energía se deriva del hecho que Israel, con el muro que ha erigido en torno a Cisjordania, ha cerrado el paso a los atacantes suicidas entre palestinos de manera tan efectiva que, ahora, la opinión pública de Israel no alberga sentido alguno de urgencia, particularmente con el auge de la economía israelí. La Ribera Occidental detrás del muro bien pudiera estar en Afganistán.

“Hoy día, no existe ni el romanticismo del proceso de paz antes de la caída del acuerdo de Oslo ni un desastre visible tocando a la puerta de la conciencia de Israel”, notó Ari Shavit, columnista del diario  Haaretz.

La tercera escasez de energía gira en torno al hecho que el sistema político, tanto en Israel como entre los palestinos, presenta tantas divisiones internas que ninguno puede generar la autoridad para la toma de una importante decisión.

Tan solo Estados Unidos puede superar esta carencia diplomática mediante el ofrecimiento de un poco de pragmatismo radical, y la lógica sería la siguiente: Si el Presidente palestino, Mahmoud Abbas, no obtiene pronto al menos una parte del control sobre la Ribera Occidental, terminará sin autoridad para firmar cualquier tratado de paz con Israel. Quedará en el descrédito total.

Sin embargo, Israel no puede ceder el control de ninguna parte de Cisjordania sin que le garanticen que alguien con credibilidad está al mando. Los cohetes lanzados de la franja de Gaza podrían caer y provocar el cierre del aeropuerto internacional de Israel. Esto sería un riesgo intolerable. Israel tiene que empezar a ceder el control de cuando menos una parte de la Ribera Occidental, de forma que no exponga al Estado judío a un cierre de su terminal área.

El pragmatismo radical diría que la única forma de equilibrar ahora la necesidad palestina de soberanía con la necesidad israelí de un retiro en este momento, pero sin crear un vacío de seguridad, consiste en la inclusión de un confiable tercero –Jordania– a fin de que les ayude a los palestinos a controlar cualquier tierra de Cisjordania que les sea cedida. Jordania no quiere gobernar a los palestinos, pero sí tiene, de la misma forma, un interés vital en no ver a la Ribera Occidental cayendo bajo el dominio de Hamas.

Sin la llegada de un nuevo enfoque de pragmatismo radical –en el cual se logre que Israel salga de Cisjordania, que la Autoridad Palestina tenga verdadero control y soberanía, pero que también aborde la profunda desconfianza con la adhesión de Jordania como uno de los socios palestinos– cualquier anteproyecto del tratado estará condenado al fracaso desde el comienzo.

The New York Times News Service
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