El hombre de la “nueva era” rehúye y desacredita lo estable, lo fundamental. El Papa, exponente universal de lo fundamental, es su blanco preferido. Lo ataca, desfigurando el más saliente de sus dones: la infalibilidad.
El infalible no comete ni puede cometer errores. Por un lado presenta errores reales de algunos papas, especialmente del “Renacimiento” europeo; presenta calumniosamente a Pío XII como filonazi; por otro lado afirma, como si fuera doctrina católica, que los papas son impecables e infalibles en todo lo que dicen.
Solo Dios es infalible. Según la doctrina de la Iglesia, la infalibilidad eclesial tiene como objeto las verdades reveladas por Dios en Cristo. Gracias al don de la infalibilidad, estas verdades permanecen inalteradas en la enseñanza de la Iglesia. Afirmaciones que no tengan relación con las verdades reveladas no son objeto de la infalibilidad. La Palabra de Dios, señalando con absoluta convicción verdades, como la de que Cristo es Hijo de Dios hecho hombre; que murió y resucitó (Filp. 2,6-11), afirma la infalibilidad dada a la Iglesia. Los destinatarios del don de la infalibilidad son todos los bautizados. Los bautizados tienen “el sentido sobrenatural de la fe”. Este sentido sobrenatural de los bautizados que viven su fe debe ser tenido en cuenta por los pastores, destinatarios privilegiados de la infalibilidad. (L.G. 12).
Cristo dio expresamente la infalibilidad a los apóstoles y a sus sucesores: “El que escucha a ustedes, a Mí me escucha” (Lucas 10, 16). Los apóstoles, especialmente Pedro, son constituidos como maestros, columnas de la verdad (I Timoteo, 3,15) revelada.
Los obispos ejercitan la infalibilidad, cuando actúan unánimemente como maestros de fe y de costumbres y sostenidos por el Sucesor de Pedro (Lucas 22,32). La infalibilidad no es un don recibido solamente por el Papa.
Eso sí, los fieles y los otros obispos hemos de ejercitar este don en unión y de acuerdo con el Sucesor de Pedro, al que Jesucristo encargó “ser apoyo de sus hermanos” apóstoles (Lucas 22,32).
Los dogmas, o verdades definidas, ya sea por todos los obispos en unión con el Papa, ya sea por el Papa, oídos los obispos, son muy pocos. Todas las demás enseñanzas son susceptibles de ulteriores clarificaciones. Más aún, respetando íntegramente su contenido los mismos dogmas pueden ser reformulados, para que sean entendidos por hombres de diversos tiempos y culturas, como recordó Juan XXIII.
Según la enseñanza del Concilio Vaticano I, confirmada por el Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la Iglesia (Nº 12,25), el Papa es infalible, solo cuando interviene y decide dogmáticamente como pastor y maestro universal en materia de fe y de moral.
El Papa no solo en los dogmas, sino también en cada etapa del camino de la Iglesia en el mundo recibe de Dios luz para vislumbrar la verdad y fuerza para guiar. También guía en la vida ordinaria.
El Papa es el primero en saber que no es infalible en todo. Da ejemplo de ejercer autoridad, pidiendo a sus hermanos obispos opiniones libres y responsables y recibiendo elementos de juicio de especialistas en cada materia.