lunes 09 de junio del 2008 Columnistas

La patria o la tumba

Estaba en la escuela cuando descubrí que el 4 de junio, la fecha de mi cumpleaños, fue asesinado Sucre.

Inmediatamente se me vino la imagen de la tumba del héroe, en la catedral de Quito, entre solemne y tétrica, que me llevó a conocer mi padre cuando yo tenía 4 o 5 años. Desde entonces esta fecha ha tenido para mí algo de lúgubre, a pesar del  japiberdey  y del   key  con los que me siguen celebrando familiares y amigos.

Pero la coincidencia entre la luctuosa fecha nacional y mi onomástico ha sido fuente de reflexión. En realidad cada cumpleaños es una piedra miliar que marca el camino hacia la tumba. Se ha dicho bien, muy bien, que el ser humano es lo que es porque sabe que va a morir.

Resultado de eso es que sea el único animal que celebra onomásticos y aniversarios, porque tiene conciencia del tiempo y de su finitud en él. A lo mejor ser humano no sea más que eso: el animal que sabe que tiene tiempo limitado sobre la tierra.

Esta conciencia hace que cada vida humana sea preciosa, irrepetible e irreemplazable. No tenemos otra y lo que busquemos debe estar dirigido a lograr una plenitud en el tiempo que nos han asignado los designios superiores. Por eso no creo que vale la pena el paraíso prometido para las generaciones futuras. No me interesa, y creo que a nadie en sus cabales, el Edén para mis nietos. Quiero vivir lo mejor posible hoy. Por eso pienso que la única política aceptable es la que nos propone un mundo aceptable ya y abomino de los que difieren un mundo perfecto para la posguerra atómica. Cuarenta años de Revolución Cubana para llegar a donde han llegado (o sea a nada) me parece un desperdicio, porque como bien lo dice Servan-Schreiber, el tiempo no es oro, es mucho más, es vida.

Se me dirá que estoy pregonando un credo egoísta, en el que no vale el sacrificio de la vida. Sí, no vale: “desgraciado un mundo que necesita héroes”, escribió Bertolt Brecht unos años antes de que lo mate la Stasi.
Revindico sí la opción de la resistencia y el activismo pacíficos, que han demostrado ser eficaces, a pesar de que los aplasten los tanques, como sucedió en otro 4 de junio en Tienanmen. Esas vidas valen más porque no querían perderse y menos todavía matar a otros. Los llamados a dar la vida en los campos de batalla, “la patria o la tumba”, normalmente pretenden hacer que jóvenes ilusos malgasten su única existencia defendiendo los intereses de los poderosos.

Pero luego está la gloria… “¡Muera yo; viva mi fama!”, exclama Rodrigo Arias en  Las mocedades del Cid. 
¡Disparate! La fama, “la gloria” del héroe muerto es triste y absurda. No quiero una tumba como la de Sucre, como Borges “solo esa piedra quiero, las dos abstractas fechas y el olvido”.

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