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Tiempo o ética |
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La preocupación del presidente de la Asamblea por los procedimientos democráticos, abordada aquí la semana pasada, tuvo una prueba de fuego en los últimos días.
Fue cuando el asambleísta Julio Chactong, de Alianza PAIS, debió abandonar ese organismo por denuncias en su contra. Estaba acusado de gestionar cargos públicos o, dicho de otra manera, de hacer el conocido tráfico de influencias que era especialidad de la vieja partidocracia. Para evitarlo y combatirlo, en el Reglamento Interno de la Asamblea se lo tipificó como una de las causas para la pérdida de la condición de asambleísta (artículo 18, numeral 5). La sanción para esta violación al Reglamento –y, cabría añadir, a la ética– debía venir de la propia Asamblea por medio de un proceso investigativo y un juicio (artículo 68). Por tanto, era obligatoria la apertura de ese proceso ya que el Reglamento no deja las acciones a discreción de las personas, mucho menos del imputado.
Sin embargo, el asambleísta renunció y muy orondo abandonó el recinto de Montecristi entre los aplausos de sus colegas de bancada. A ninguno de ellos se le pasó por la mente que esa fue precisamente una de las prácticas que llevaron a desbarrancarse por el precipicio a la vieja política. No se detuvieron a pensar que la diferencia con ese pasado, que insisten en que quieren dejar atrás, comienza por atenerse a las reglas establecidas de mutuo acuerdo, aunque eso golpee a amistades y solidaridades de grupo. En muchos de ellos parece haber pesado más el espíritu de cuerpo que el apego a las normas de convivencia democrática. En otros tantos seguramente se impuso esa pobre versión del cálculo político que considera que cualquier sanción a un coideario le hace el juego al enemigo. Con procesos electorales a la vuelta de la esquina, esos razonamientos primarios llegan a tener éxito aun en las mentes lúcidas y en los corazones ardientes. La visión del mundo en blanco y negro, la conveniencia inmediata, el cálculo infantil y el temor al gran hermano que lo vigila todo se impusieron una vez más.
Ahora fue el caso de un asambleísta, pero no ha sido el primero ni parece que será el último. Los videos de Patiño quedaron para el olvido. Los diezmos de ese extraño personaje que ocupó la Superintendencia de Compañías nunca fueron materia de preocupación de los asambleístas. Para las computadoras de Reyes sacaron la batería de patrioterismo. El hombre del maletín quedó convertido en una anécdota desde que sustituyó la comparecencia a la Asamblea por conferencias de prensa en su celda. En síntesis, la Asamblea no ha realizado un solo hecho de fiscalización, y no se puede decir que faltaron los motivos. Talvez el apuro lo explique todo ya que es necesario redactar rápidamente la Constitución, no vaya a ser que empeore la economía y se ponga en riesgo su aprobación. Solo así se entiende que el presidente de la Asamblea asegure que “sería perder tiempo, porque ha renunciado el asambleísta”. Ganó el tiempo, perdió la ética. |
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| Orlando Alcívar Santos |
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