Todo comenzó con la primera Narnia y el ropero. Cuando los adolescentes protagonistas se introducen en el inmenso armario del desván, empieza la verdadera historia de sus vidas. Trato de remontarme a esa edad y al viejo y alto ropero de la casa de mis abuelos, donde mi secreto descubrimiento de libros amarillentos también fue iniciático, pero en dimensiones un poco más íntimas y menos fantasiosas. Para un inmaduro y voraz lector que solo frecuentaba a Julio Verne, Edgar Rice Burroughs o Mark Twain, el hallazgo de tener en mis manos El amante de Lady Chatterley fue una revelación mayúscula.
En ese entonces lejano, la educación sexual era como tratar de entender el alfabeto chino. Casi un imposible. Misteriosos vacíos e interrogantes en la casa, en la escuela y en el colegio. Lo más cercano a la verdad sin censura eran chistes con los compañeros y una que otra foto escondida en algún texto. Pero las páginas del libro del inglés D. H. Lawrence no solo encendían nuestra imaginación, también entendíamos aspectos de la sexualidad que iban más allá de lo puramente erótico. La vida sexual plena era una fuerza liberadora de nuestro inconsciente que contradecía abiertamente represivos dogmas religiosos o las circunstancias moralistas de la sociedad. D. H. Lawrence –autor de la novela– encendió una hoguera necesaria.
Por eso uno debe andar con cuidado con otros roperos más actuales. Media humanidad femenina parece estar convulsionada con el estreno de Sex and the city –que al cierre de esta edición todavía no he visto– pero que ya conozco en su trepidante existencia televisada, especialmente por mis hijas, cuando después de cada episodio los teléfonos de mi casa se bloqueaban en interminables dimes y diretes con las amigas. El ropero de las protagonistas era literalmente eso: los vestidos, las inmensas carteras, las colecciones de zapatos para disfrazar unas vidas cuya única determinación es el juego de la seducción en los niveles más patológicamente agresivos. Allí el fashionismo es simplemente un recurso de rigor para pretender que el sexo debe vestirse bien. Y claro, todo luce muy divertido.
Regresemos a Lady Chatterley. En lugar de tanta alharaca por los enunciados de una cuestionada Asamblea sobre la sexualidad, los involucrados de ambas trincheras deberían adentrarse en la importancia de algunas obras artísticas en la formación de la juventud. Lo que a los ingleses de 1928 les parecía escandalosamente impúdico es ahora una visión seria y acertada sobre el difícil y complejo camino de una mujer hacia una relación satisfactoria. Lawrence hizo tres versiones de su novela más famosa y así llega a nosotros en televisión pagada la nueva versión cinematográfica de Lady Chatterley, inspirada en John Thomas y Lady Jane, la segunda novelización.
Esta vez la batuta la lleva una mujer, la directora francesa Pascale Ferran. La película es larga: 2 horas y 45 minutos. Pero aquí hay una sensibilidad moderna, muy aterrizada en los avatares de seres humanos cuya existencia se somete a códigos sociales indescifrables y a su penosa ejecución. Connie –la nueva Lady Chatterley– es interpretada magníficamente por Marina Hands y su amante por Jean Louis Coulloc’h. Ellos recrean un drama eterno en la vigorosa y apasionante visualización de lo que en esa época era un amor inimaginable: la dueña de la mansión atraída por el hosco y humilde guardián del terruño.
Más allá del clima sensual y erótico que altera estas dos vidas, la película nos conecta con las fuerzas de una naturaleza que es muy superior a los rituales y convencionalismos sociales. Así el bosque, el riachuelo, la granja, los pájaros, son ante estos seres el reflejo de su propia existencia escondida, que solo verá la luz cuando la pasión sea consumada. "Es el momento de ir más allá del orden natural" –decía Robert M. Pirsig, filósofo– "reasimilando las pasiones de las que huíamos. Esas pasiones, las emociones, el dominio afectivo en la conciencia de los seres son parte de ese orden también. La parte central".
La película se exhibe hoy en Movie City Este 12:50 y Movie City Oeste 14:50.