Simplemente apareció. Podemos decir que fue recuperado del hurto del tiempo para ser entregado ahora a los ojos contemporáneos que saben apreciar el arte patrimonial quiteño. El bello mural de vistosos floreros, con plantas aún más vistosas, simplemente apareció cuando los obreros realizaban una prospección del enlucido que cubría el cielo raso de la cúpula sobre el altar.
Y mientras retiraban con cuidado la materia de cal, comenzaban a asomarse los azules, rojos, verdes y amarillos de una pintura mural colocada en la superficie cuando esta construcción fue levantada, aproximadamente en 1650.
El arquitecto Patricio Chacón, quien en el 2003 fue coordinador de la restauración de la Capilla del Robo, explica que es común que los edificios coloniales guarden pinturas murales bajo enlucidos que, décadas o siglos después de la construcción original, fueron colocados ocultando ese arte ancestral.
Esa es la mayor anécdota que Chacón recuerda de los tiempos en que el Fondo de Salvamento (Fonsal) dedicó 80 mil dólares, cinco técnicos, veinte obreros y 150 días en devolverle a Quito y al Ecuador este edificio ubicado en el Centro Histórico de la capital, arrinconado a un costado de una plaza en la avenida 24 de Mayo e Imbabura.
Por el alma de los indios
¿Por qué llamar a un templo Capilla del Robo? Una historia cuenta que varios sacerdotes subían cierta mañana por la quebrada de Jerusalén cuando encontraron en el suelo el copón (similar a un cáliz) y las hostias robadas por unos indígenas junto con la caja del Santísimo Sagrario de una iglesia cercana.
Hasta atrapar a los ladrones hubo procesiones de españoles e indios en las calles de Quito, cargando imágenes de santos, crucifijos, cadenas, grilletes, cruces, mientras que otros se azotaban con látigos.
Todo esto para calmar la furia de Dios, que, según creían, enviaría una terrible peste como castigo por el sacrilegio cometido. Los ladrones pensaban que la caja era de plata y guardaba joyas muy finas. Pero como no las hallaron, arrojaron el copón y las hostias que contenía a la quebrada.
Los ladrones fueron hallados, ahorcados, arrastrados y descuartizados, mientras que en el lugar donde los religiosos encontraron los objetos se levanta hoy la Iglesia del Robo; esto como tributo para obtener el perdón divino y salvar el alma de los indígenas tentados a convertirse en ladrones debido a la pobreza que vivían en tiempos de la Colonia.
Riqueza oculta
La avenida 24 de Mayo está ubicada sobre la quebrada Jerusalén, en cuyo costado, frente a la capilla, un grupo folclórico anima a los quiteños y turistas congregados en la plaza en esta mañana de domingo.
Para conocer la capilla por dentro deberán esperar hasta las 18:30, hora en que los feligreses pueden ingresar, previo a la misa de las 19:00. Allí podrán observar el antiquísimo mural en el cielo raso, además de pinturas sobre lienzo que adornan los muros de este templo católico, símbolo de unos tiempos en que la fe se mostraba violenta y represiva. Sin embargo, el artista del siglo XVII que elaboró la pintura de Jesús recogiendo el copón y las hostias, buscó transmitir un sentimiento de indulgencia ante el sacrilegio cometido.
A ese cuadro se suma el dedicado a la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, el cual critica la abundancia frente a la miseria.
Aunque en el templo la miseria también puede opacar a la riqueza. Así lo explica otra anécdota de la restauración del templo, en que los técnicos de la Fonsal encontraron pan de oro bajo una capa de pintura corriente que cubría el retablo mayor.
Es común que la riqueza esté oculta en la Capilla del Robo, un templo que espera que los visitantes “capturen” su patrimonial encanto con los ojos y la admiración. (M.P.)