domingo 08 de junio del 2008 Columnistas

Ilusos

La izquierda esperó durante tanto tiempo la revolución magnífica que daría inicio al paraíso sobre la tierra, que cuando estalló una revolución de verdad, sin tantos adornos pero muy profunda, ni siquiera se dio cuenta.

Porque lo que ha ocurrido en el Ecuador es precisamente eso, una profunda revolución política que echó abajo el antiguo sistema de las mafias oligárquicas que dominaban las instituciones democráticas y las leyes.

Dicen que un botón sirve de muestra así que traigamos a colación a la alcaldesa de Durán, niña mimada de las mafias políticas y los empresarios neoliberales. Hoy va a la cárcel de la mano del mismo sistema judicial que la aupó y protegió. Pocas veces se vio un giro tan brusco de los acontecimientos políticos.

Rafael Correa llegó al teatro de esta revolución cuando el último acto estaba finalizando. Nunca estuvo cuando los indios hicieron temblar a los regímenes mafiosos. Nadie lo vio durante la crisis bancaria. Nunca escribió un artículo que mereciese la respuesta indignada de los dueños del país o de los banqueros prófugos. Era un absoluto desconocido.
Pero con su característica audacia, se trepó al escenario y se convirtió en su protagonista, aprovechando otra característica permanente de la izquierda, su devoción por los profetas.

Con Correa en el poder, la revolución se ha trastocado en contrarrevolución. Ha ocurrido mil veces. Juan José Flores le brindó extraordinarios servicios a la causa de la libertad americana; contaba con la confianza de Simón Bolívar; pero ya en el poder, se cuidó de edificar el régimen político del latifundio, del diezmo y de la censura de prensa.

Otro día les cuento la historia de José María Velasco Ibarra y la “gloriosa” de 1944.

Correa, que llegó a la revolución a mesa puesta, cumple hoy un papel similar. En año y medio el nuevo Flores ha modificado completamente el guión de esta película con el asesoramiento de Alexis Mera, Vinicio Alvarado, Ricardo Patiño y Camilo Samán. Si antes los contratos se repartían a dedo, él lo hace declarando emergencias que duran meses y meses; si las antiguas mafias controlaban el Tribunal Constitucional, el Congreso, las cortes y el Tribunal Electoral, sus nuevos legionarios van por el mismo camino; y si los patriarcas de la componenda eran enemigos de la libertad de expresión, su gente en la Asamblea Constituyente está preparando un régimen de mordaza.

Pero de nuevo la izquierda revela su total ceguera. Se consuelan diciendo que es un asunto de matices, a pesar de que el nuevo Velasco ya les advirtió que podría darles en el trasero para que “les vaya bonito”.

Alberto Acosta es hoy el instrumento útil de esta broma de mal gusto, aprobando leyes, mandatos y una Constitución que le garantizarán a Correa el control absoluto.

La izquierda todavía está a tiempo. Aún puede evitar que se la recuerde en la historia como la gran ilusa, o como cómplice irresponsable de uno de los mayores crímenes de nuestra historia.
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