Retiene todo, lo suelta cuando uno la exprime. Unas mujeres son autónomas, independientes, resuelven sus conflictos, ponen su corazón, su casa en orden. No se dejan dominar por macho alguno, consideran a su pareja como complemento dentro de una unión donde reinan cortesía, respeto, ternura lúcida, diálogo constante. Si ocurre un percance, recoge su paracaídas, se levanta, sigue campante.
La mujer esponja absorbe todo, no lo devuelve, se queda hinchada de agua, lágrimas, desengaños, sinsabores, humillaciones, frustraciones. A veces finge orgasmos para que el macho todopoderoso se sienta halagado en sus hazañas de gallo estelar. La mujer esponja suena mocos, recoge cosas, se atarea incondicionalmente, no tiene horario, lo acepta todo mientras el marido ve televisión, hojea el periódico, reclama en tono airado la comida, la camisa planchada. A veces llega el insulto, salta la cachetada.
La mujer esponja no exige, acepta que el omnipotente amo del hogar no diga tonterías almibaradas. “Son cosas afeminadas” suele repetir el supermarido. Se supone que una palmadita en las nalgas mientras está ella cocinando es suficiente prueba de afecto, subliminal signo de posesión. La mujer esponja es propiedad privada. Tiene doble profesión, trabaja fuera, asume labores domésticas, atiende al señor quien ostenta como preciada joya a la mujer adecuada, dócil, casi perfecta.
Lava, plancha, es buena en la cocina, aceptable en la cama aunque a veces cargosa con sus mimos, sus preguntas. “Sí, te amo, ¡carajo!”. A veces incluso ella le pregunta por qué nunca la besa en los ojos o las manos, por qué nunca caminan cogidos de la mano, ridiculeces que enfurecen al hombre quien le grita que él no sirve para mariconadas.
Ella, de noche, anhela liberarse de todo lo que ha exprimido, intenta acercamientos románticos, prende velitas en la mesa, baja las luces, sintoniza música suave, le compra su cerveza predilecta, se pone guapita. Él mastica, ojos fijos en la pantalla donde hay fútbol mientras ella suspira por ver telenovelas. Un gol es más importante que el sollozo reprimido; una astuta jugada resulta más esencial que las jeremiadas de una mujer con sueños de quinceañera.
Después de cumplir con el deber conyugal, él se va al baño, orina, pedorrea, vuelve a la cama, da las espaldas, se duerme. Ella se queda, ojos abiertos en la oscuridad, imaginando cosas que no son, que jamás serán. Elabora la lista de sus actividades para el día siguiente. Sabe que todo tiene que estar bajo control si no quiere exponerse a los más agrios reclamos. Tiene que reportarse, decir adónde va, con quién está, mientras él puede pasar la noche fuera, volver de madrugada con copas de más. Así pasan los años, crece la barriga, nacen los hijos como piojos. Ella da a luz sola mientras él liba con amigos esperando la noticia, la que lo consagrará como el semental efectivo, el licenciado en erecciones, doctor en copulaciones. Bastaría un “te amo”, un “lo siento” para que la mujer esponja soltase toda su tristeza. Morirá preñada de congoja. Él buscará otra porque un hombre no está hecho para vivir solo, ella sí. Todo el mundo sabe eso.