Comenzó la Eurocopa 2008. Hay más emoción en un programa de cocina que en este Suiza 0, República Checa 1. Fue un dolor de ojos. Fútbol monocorde.
¡Cuidado…! No tomar vino después de comer sandía, sostiene la creencia popular. Llevada al plano futbolero, podríamos parafrasear: “no beber en la Eurocopa tras consumir Libertadores”. Quién sabe. Lo único seguro es que a continuación de dos Boca Juniors-Fluminense no es aconsejable un Suiza-República Checa. Puede caer mal al hígado. No lo recomendamos.
Los dos juegos por semifinales entre Boca y Fluminense tuvieron todo lo que es posible reclamarle a un partido de fútbol: clase, técnica, despliegue, emoción, goles, temperamento. Y varias individualidades brillantes como Riquelme (en el choque de ida; en el de vuelta, una gastroenteritis que lo tuvo en duda hasta último momento recortó notablemente sus posibilidades); Thiago Silva, zaguerazo de excepcionales recursos técnicos y espirituales. Pronto será crack en la selección brasileña (suponemos que Dunga mira la Libertadores). La pegada fantástica de Thiago Neves y Washington, la inagotable potencia de Junior César escalando el andarivel izquierdo; el volador arquero Fernando Henrique; la sempiterna acechanza que representa Martín Palermo; la zurdita filosa y elegante de Darío Conca.
Y más allá de nombres, ¡las camisetas…! El peso centenario de la azul y oro boquense, la tradición de la tricolor. ¡Qué muestra de grandeza la de Flu…! Llenar el Maracaná es obra de gigantes. Y aun saliendo de un largo período de sombras, de un jejum, como dicen en Brasil, Flu abarrotó el templo.
Fluminense-Boca paralizó al continente. Había olor a cita grande, a partido memorable. Y el hincha huele. Estábamos en Asunción; sus calles quedaron desiertas, la gente apuraba sus últimas ocupaciones “para ir a ver el partido”. Boca tiene mucho que ver. Su popularidad es un imán inigualable, un caso único: juegue donde juegue, el estadio rebalsa. Si la capacidad es 40.000, van 40.000; si es 90.000, ese será el número de boletos vendidos. Para verlo ganar o para verlo perder.
Sesenta horas después de un espectáculo inolvidable, nos alistamos para el comienzo de la Eurocopa. Como peregrinos que somos de la pelota, nos frotamos las manos esperando otro plato delicioso. Acaso porque aquel Chelsea-Manchester aún es pintura fresca. Pero, ya en su arranque, la Eurocopa entrega una moraleja: el fútbol de clubes es una canción, el de selecciones, otra.
El impresionante poderío económico de los clubes europeos les permite formar fuertes planteles; las selecciones, en cambio, deben conformarse con los discretos valores de la casa. Es una de las explicaciones de por qué Inglaterra disfruta de la Liga más apetecida del mundo y sufre con una Selección inconfiable, ordinaria.
Hay más emoción en un programa de cocina que en este Suiza 0 , República Checa 1. Fue un dolor de ojos. Fútbol monocorde, imaginación cero. No se les cae una idea. ¡Cómo habrá sido esta apertura de la Eurocopa que lo más resaltable fue la injusticia! Suiza hizo todo: dominó el juego, tuvo la iniciativa, las mejores situaciones y hasta un penal en el minuto 94 que el juez italiano ignoró olímpicamente. Y ganó Checa. Al menos hablarán de eso. Imposible elegir una figura: parecen efigies sin rostro, iguales. El balance no difiere de lo que mucho hemos visto en el fútbol europeo de selecciones: fino envoltorio, insulso contenido.