Domingo 08 de junio del 2008 Religiosa y Obituarios

La enfermedad incurable

Hace unos pocos días me hicieron un chequeo preventivo en Solca. Me trataron –dentro, claro está, de lo que cabe– como en hotel de cinco estrellas. Y además, gracias a Dios, no me encontraron nada. 

Mas a pesar del excelente trato, hasta saber que no tenía en mi interior minas de oro, no recuperé la plena calma. Solo cuando me dijeron “su problema son los años”, volví a sentirme joven como siempre.

Mas el ser examinado por doctores y doctoras me llevó, como era natural y sobrenatural, a meditar sobre la medicina. A valorar, entre otras cosas, los límites que impone a los galenos la tecnología; los costosos tratamientos que requieren ciertos males; lo poco de felicidad que está al alcance de los médicos; y lo mucho que supone un poco menos de dolor.

Todo esto repetidamente meditado ha vuelto a mi cabeza y a mi corazón, al escuchar lo que hoy nos dice el evangelio de la misa.

Jesús ha concedido a un publicano –en concreto a San Mateo– ser uno de los Doce. El ex recaudador de impuestos ha invitado a sus amigos a un almuerzo con Jesús. Los fariseos le critican al Señor porque se sienta a compartir el pan y la palabra con los pecadores. Y el Maestro les responde con la explicación de su tarea en este mundo: “No tienen necesidad de médico los sanos –les advierte a los murmuradores– sino los enfermos”.

¿Cómo es esta medicina que Jesús ejerce? Está claro que no cobra a nadie; que prescinde de tomografías y de ecografías; que no receta un paliativo a los encancerados sino que les cura el cáncer espiritual completamente; que puede hacer  de un pecador podrido, un hijo amado de Dios.

Eso sí, Jesús reclama un requisito indispensable: que se le exponga con sinceridad el mal, y se le pida humildemente ser curado. Y si se trata de un católico sincero, que vaya al sacerdote  y se confiese.

Mas para el cumplimiento de este requisito indispensable, es preciso que nosotros mismos –con ayuda de la gracia, claro está– nos curemos de la más terrible enfermedad que existe: la de negarnos a reconocer que somos pecadores. Porque el Médico Divino, con todo su poder y su misericordia, no puede aniquilar esta maldad profunda. O mejor, no quiere darnos la salud del alma, si no ponemos lo que  está de nuestra parte.
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