Un libro curioso cayó en mis manos recientemente, un volumen grande con el irresistible título de 1001 libros que usted debe leer antes de morir. Eso suena a reto, con un sutil insulto incorporado en la premisa. Sugiere que el lector presuntamente educado podría haber leído, en el mejor de los casos, la mitad de la lista.
El libro es británico, por supuesto. A los británicos les encantan las listas literarias y las peleas que desatan. En este caso, Peter Boxall, que imparte cátedra sobre letras inglesas en la Universidad de Sussex, les pidió a 105 críticos, editores y académicos que entregaran listas de grandes novelas, de las que armó su lista presuntamente obligatoria de lecturas de 1001 libros.
Supongamos que una persona razonablemente culta ha leído una tercera parte de ellos. (Mi total, tras hacer el cálculo, fue de 303. La lista completa está en www.listology.com).
Dos factores potentes hacen que 1001 libros sea atractivo: la culpa y la falta de tiempo. Explota la persistente sensación de insuficiencia de todo lector serio.
Página tras página revela una novela o un escritor no leído, y por lo tanto una tacha en la gran boleta de calificaciones de la vida cultural de uno. Luego está ese título amenazante, con su ominosa alusión al día cuando, para todos, se dará vuelta a la última página.
Echemos un vistazo a algunos de estos títulos obligatorios. No sólo no es necesario leer Entrevista con el Vampiro de Anne Rice antes de morir, sino que probablemente tampoco es necesario leerlo aun si, como el vampiro Lestat, uno nunca va a morir. Si yo estuviera mortalmente enfermo, y un amigo bien intencionado colocara Delta de Venus de Anaïs Nin en mis manos temblorosas, es probable que me fuera de este mundo con una maldición en los labios.
Si el programa de 1001 libros parece peculiar, incluso perverso, no es ningún accidente. “Quise que este libro enfureciera a la gente a causa de los que se incluyeron y los que quedaron fuera, porque pensé que esto sería la mejor manera de generar un nuevo debate sobre cuáles obras deberían pertenecer al canon literario, etcétera”, me informó Boxall en un mensaje por correo electrónico.
Los gustos de otros siempre son inexplicables, pero 1001 libros encarna algunas irregularidades estructurales. Más de la mitad de los libros fue escrita después de la Segunda Guerra Mundial.
Ya siento una creciente irritación. ¿Acaso la era de Balzac, Dickens, Dostoievski y Tolstoi no eclipsa a su sucesora intermitentemente brillante, pero a final de cuentas más insignificante? Y si el siglo XX puede dar batalla, las armas pesadas están concentradas en el periodo de 1900 a 1930. Admiro a Ian McEwan, pero ¿realmente merece ocho novelas en la lista, comparado con las tres de Balzac? Ya que Boxall está deseoso de iniciar una discusión, lo complaceré.
Elimine la abotagada y hedonista Ada de una lista de Nabokov de ahí en fuera correcta (Lolita, Pálido Fuego, Pnin) e incluya Risa en la Oscuridad o La Dádiva. J.M. Coetzee, con 10 novelas en la lista, puede darse el lujo de perder una o dos. Eso abriría un espacio para Los Cosacos de Tolstoi y Un héroe de nuestro tiempo de Mikhail Lermontov. Debería incluir cinco Balzacs más. Puedo seguir y seguir.
Sin embargo, independientemente de lo mucho que haya leído, no está tan bien leído. Si no lo cree, tome 1001 libros y póngase a contar.