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Belleza y brutalidad colisionan para maestro de lo macabro

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Madre de las Lágrimas, la nueva cinta de Dario Argento, es la conclusión de una trilogía.
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Junio 08, 2008

Por TERRENCE RAFFERTY

Durante casi 40 años, Dario Argento, el así llamado Hitchcock italiano, ha tenido sangre en sus manos: deliberada, desvergonzada y casi literalmente. Cuando un asesino desquiciado apuñala, acuchilla, estrangula, asfixia o de alguna otra forma viola la integridad corporal de una víctima que pega gritos en una de sus películas —esto sucede con cierta frecuencia— las manos dentro de los guantes negros han sido, tradicionalmente, las del director. (Es su versión del cameo de Hitchcock).

Las manos quizá sean las mismas, pero la sangre ha cambiado un poco, desde el tono rojo brillante tipo cómics de El Pájaro de las Plumas de Cristal (1970), y Rojo Profundo (1975), hasta el líquido oscuro, casi negro, que brota en su filme más reciente La Madre de las Lágrimas.

Pero nunca es totalmente del color de la sangre de verdad, lo que es afortunado para la cordura del espectador, y también es consistente con la estética de Argento: sus películas brutales y hermosas tocan levemente la realidad, si es que lo hacen. La Terza Madre es parte de una minoría de sus cintas en las que las entidades del mal son sobrenaturales y explícitamente irreales. Es la conclusión muy retrasada y de una especie de trilogía que empezó con la tremendamente exitosa Suspiria (1977), continuó en Inferno (1980).

En las cintas anteriores, el público se enteró de la existencia de tres brujas poderosas: Mater Suspiriorum, la Madre del Suspiro, que causa estragos en una academia de ballet alemana; Mater Tenebrarum, la Madre de la Oscuridad, que provoca estrés en los neoyorquinos de Inferno; y Mater Lachrymarum, la Madre de las Lágrimas, vista brevemente en Inferno como una seductora voluptuosa de ojos grises, que espera el momento idóneo para llevar a Roma a su perdición.

Obtiene su oportunidad en en nuevo filme aunque parece haber evolucionado en los años intermedios en una vampiresa de torso desnudo que está al mando de un aquelarre de mujeres igual de dotadas y similarmente desnudas. El apocalipsis al estilo estilo italiano.

Esta tradición nacional de terror cinematográfico de dudoso gusto es claramente una influencia mucho más fuerte en Argento que la fuente reconocida del concepto de las tres madres, que es, sorpresivamente, los escritos del gran ensayista romántico Thomas De Quincey, autor en 1821 de Confesiones de un Inglés Comedor de Opio. En su secuela de esa obra, Suspiria de Profundis (publicada 24 años después), De Quincey describe un sueño de opio en el que se le aparecen estas tres mujeres, pero no dice ni una palabra sobre las horrorosas habilidades que demuestran en la trilogía de Argento: empalamiento, decapitación, destripamiento. Tampoco menciona sus pechos.

Argento, de 67 años, ha dedicado la mayor parte de su trayectoria al género italiano de suspenso conocido como giallo, que describe una especie de misterio hiperbólico de asesino en serie, generalmente con escenarios urbanos y asesinatos inquietantemente creativos.

(La palabra giallo significa amarillo, y se refiere a las portadas de una colección de thrillers publicada por la editorial Mondadori). El género permite que Argento haga lo que hace mejor: estilizar la realidad, al convertir lo cotidiano en extraño.

Hay una especie de integridad testaruda su negativa de ver más allá de las sensaciones y su persistente evasión de cualquier cosa que se acerque a un significado. No es, como algunos lo han acusado, un sádico: es demasiado indiferente. Quizá sea un nihilista.


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