sábado 07 de junio del 2008 Columnistas

Capadocia

Alguna vez lo conté: consumo imágenes tanto como leo libros. Muchas veces en terrible rivalidad por la utilización del tiempo, pero allí vamos, como habitante de un mundo “tecnologizado” que no puede darse el lujo de descuidar los mensajes que emergen de la realidad y de ese otro mundo paralelo, que es “el planeta” llamado ficción. Desde que empezó a circular la publicidad de HBO, sobre su última gran inversión en materia de miniseries, me interesé por Capadocia, un lugar sin perdón, proyecto latinoamericano–norteamericano de gran envergadura. Seguido y consumido, vale la pena apuntar algunas apreciaciones.

El encuentro de un núcleo temático que permita articular historias de vida con un gran contexto sociopolítico es ya un mérito.  La creación de una cárcel de mujeres, como entidad con financiamiento privado, que se muestre a la sociedad como un lugar de verdadera rehabilitación, pero que en realidad sirva para planes de maquila y explotación humana, pone sobre el tapete las argucias de la corrupción en América Latina. Es el gran marco de la historia, ubicada en México, que utilizó valores profesionales del país (productores, director, guionistas, actores) pero que no  pudo o no quiso zafarse de los trucos de la especialidad: alargar capítulos, exponer algo morbosamente las escenas de sexo y violencia bajo el pretexto del realismo.

A pesar de ello, Capadocia –nombre que alude al territorio donde, según la mitología griega, vivieron las amazonas, tribu de mujeres aguerridas– engancha desde el primer capítulo (son trece), sorprende por el despliegue de locaciones que van desde ambientes judiciales, gubernamentales hasta la recreación completa de una prisión de alta seguridad, sostenida en el espionaje, el armamento sofisticado y los equipos humanos del poder y la crueldad. En suma, toda la estructura e implementación de un trabajo cinematográfico a gran escala.

Como resulta indispensable para que el receptor involucre su subjetividad, la pintura de vidas y personalidades en singular es otro de los logros. La serie ubica muy bien a héroes y antihéroes (debo decir, heroínas), en ese despliegue de buenos y malos, no tan malos y esquemáticos como son los habituales en las telenovelas, aunque algunos –los políticos– estén pintados solo de negro. La directora de la cárcel lucha por los derechos humanos de las internas mientras desde afuera, todo conspira contra su trabajo; entre las mujeres que pagan por sus delitos figura un grupo variopinto de protagonistas de la tragedia: las del asesinato involuntario, las traficantes utilizadas, las habitantes de esa noche interminable de la calle y la pobreza, todas, entre los vericuetos más intrincados del amor y del odio, construyen el día a día sin esperanza del encarcelamiento.

Recuerdo que en el reciente festival de los EDOC, vi un documental titulado Ellas, del quiteño Álvaro Muriel, que también focaliza su estudio en una cárcel, la de mujeres de Quito, trabajo acertado, creativo y humanísimo, no exento del toque de humor que colorea la visión del dolor. Por asociación mental pensé en Capadocia, pero más que nada, pensé en los reales pero distantes problemas de las personas concretas. “Hay que conocer”, me dije, “para ser incitado a la preocupación y a la acción”.  Porque vivir de espaldas al drama de los demás, es la mejor manera de formar filas de la enorme legión de los indiferentes.
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