sábado 07 de junio del 2008 Columnistas

Democracia y felicidad

Leía en días pasados un estudio titulado ‘¿Le hace feliz la democracia?’ que salió publicado en la revista Foreign Policy y que resulta especialmente interesante en estos tiempos en que se sugiere, desde la Asamblea, que el cambio constitucional que se avecina traerá consigo la satisfacción colectiva sin que nadie pueda osar dudar de tal sugerencia.

La propuesta del ensayo se relaciona con una nueva ciencia que cada día empieza a estudiarse con mayor entusiasmo en diversos centros universitarios del mundo; se trata de la llamada ciencia de la felicidad, la cual entre otros aspectos destaca la capacidad que tienen ciertos pueblos de alcanzar determinados grados de felicidad y satisfacción en contraste con otros que perciben esa felicidad como algo distante y equívoco; hace algún tiempo, se publicó una encuesta que resultaba ilustrativa: los colombianos, más allá de todos sus problemas, se reconocían como un pueblo esencialmente feliz, mientras que los ecuatorianos manejábamos muy bajas expectativas en cuanto a la capacidad de alcanzar cierto grado de felicidad.

Ahora bien, el estudio señalaba algo realmente interesante y tiene que ver con la relación entre la democracia y la felicidad. Desde hace años se ha pensado que la democracia, como forma de gobierno, trae tarde o temprano y de forma inevitable la felicidad de los pueblos, tesis que ha sido sustentada por estudiosos, políticos, de forma tal que se convirtió en un axioma irrefutable. Sin embargo, los últimos estudios cuestionan tal argumento señalando más bien lo contrario: no es que las democracias hacen felices a los pueblos, sino que los pueblos felices traen la posibilidad de una democracia exitosa. Un experto en las relaciones entre democracia y felicidad señalaba que “asumir que la democracia hace dichosa a la gente es como asumir que es el perro el que pasea al amo”.

Para llegar a tal aseveración, se han presentado una serie de encuestas y estadísticas que relacionan varios aspectos culturales, otros políticos, acompañados de una pregunta básica: ¿qué tan feliz eres con tu vida en general?
Los resultados son sorprendentes y quitan el piso a la creencia de que una solución rápida para los problemas de un país es adoptar una Constitución ideal y vivir a partir de ese momento, felices para siempre. Eso se da, pero posiblemente en los cuentos de fábula. Ahora bien, ¿cuáles son los aspectos reales que hacen posible que un pueblo se sienta feliz y satisfecho con su forma de vida? El estudio demuestra que el crecimiento económico afecta a la felicidad de un pueblo, posiblemente tanto o más que el sistema político bajo el cual se cobija, lo que nos podría llevar a otra riesgosa reflexión: ¿puede un pueblo sentirse feliz con un gran crecimiento económico, aun a costa de no vivir en democracia? Estas preguntas, ¿se las harán los asambleístas?
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