El Vaticano dice que se habló mucho y se ha hecho poco sobre la tragedia del hambre.
Aunque América Latina lideró las críticas contra el modelo económico vigente como responsable de la ola de hambruna que azota al mundo, en la cumbre de la FAO la realidad es que la iniciativa abortó en parte, porque cada país defendió sus legítimos intereses nacionales.
Argentina no quiere que se condenen las medidas “restrictivas” a las exportaciones, Cuba pide que se hable de los efectos del embargo que le aplica EE.UU. desde 1962, Venezuela reclama que se respeten las convenciones sobre el cambio climático y Brasil intriga para que no se satanicen los biocombustibles.
La cita romana, que trató sobre la seguridad alimentaria, concluyó el jueves en Roma con un fracaso por la decepcionante declaración final que se limitó a reducir a la mitad el número de personas que sufre desnutrición en el mundo (850 millones), el mismo objetivo de hace 12 años y que no abordó los problemas de fondo de la actual crisis alimenticia provocada por el alza desenfrenada de precios.
“Los grandes impotentes”, los calificó el editorialista Guido Rampoldi, del diario La Repubblica; mientras que L’Osservatore Romano, el diario del Vaticano, bajo el título ‘Muchas palabras, ninguna solución’, afirma que faltó “una seria voluntad política de cambiar las cosas”.
El relator especial de Naciones Unidas para el derecho a la Alimentación, Olivier De Schutter, lamentó que la cumbre no se hubiera enfrentado al “desequilibrio de poder” entre las grandes empresas agroalimentarias y los campesinos.
“Los agricultores tienen que vérselas con un pequeño número de grandes empresas para la compra de semillas, abono y pesticidas”, afirmó.
“Estas compañías, cuyos productos están patentados, fijan los precios”, recalcó el experto de Naciones Unidas ante la prensa en Ginebra.