Estaba contentísima por el reencuentro con mi familia y por volver a caminar la Guayaquil de mi infancia. Sin embargo, jamás me imaginé el torbellino emocional y sobre todo el efecto ¡residual!, cual bomba de Hiroshima, que sería volver a la Perla del Pacífico.
Fui por trabajo, un brevísimo viaje relámpago. Apenas pisé el aeropuerto mi sonrisa quedó estampada. Un mix de emociones apareció a medida que entraba en la ciudad, el clima húmedo, el hablar de la gente: “Chévere, bacán, ñaño” … todo me pareció deliciosamente latino. Así como llegué, partí cual saeta directo a Playas. Después de casi ocho años, ese soñado y rústico lugar que frecuenté durante mi infancia y adolescencia mantenía la misma magia. ¡Qué alegría! ¡Qué sueño volver a ver todo esto, aunque sea por pocas horas! El mar, la playa, los habitúes y por supuesto, la fabulosa familia que me recibe siempre con los brazos abiertos.
A Guayaquil la encontré espléndida, paseé de noche y de día, disfruté de las comidas típicas con enorme placer y sin culpa: cocada, cebiche, arroz moro, maduro con queso, pescado frito con patacones, llapingachos, cangrejo en todas sus variantes… una experiencia gastronómica auténtica! Notables la belleza y el cuidado que le ha puesto el Alcalde a la ciudad; el clásico y remodelado Malecón, el Divino Cristo (que no tiene nombre), el bellísimo barrio Centenario, el fantástico cerro de Las Peñas con sus callecitas y maravillosas casas de madera… fue un volver a descubrir Guayaquil y sobre todo un redescubrir mis raíces, mi familia, mis tíos, primos y sobrinos.
Es que Buenos Aires es una urbe fantástica, llena de energía y de creatividad; con un millón y medio de cosas para hacer, una ciudad generosa, aun si eres soltera, casada, divorciada o viuda… pero aquí viven solamente mi hermano y mi mamá… un verdadero contraste con todo ese pocotón de afectos que están en el Guayas, ¡y ni hablar de la rama quiteña!
Es cierto que cuando estás en tus veinte y pico, treinta, te acostumbras a la lejanía, tienes otras prioridades en tu vida como el trabajo y “todo” lo que soñaste para ti. Solamente con los años que empiezas a acumular te das cuenta de la importancia de tus raíces, de reconocer tus orígenes, de comprender por qué eres como eres… de alimentar ese vínculo a toda costa, cueste lo que cueste y aunque sea a la distancia. Ustedes saben a lo que me refiero.
Los afectos y la familia son todo, forman parte de cada uno, de lo más íntimo que llevamos dentro, de nuestro ADN.
Y así soñé una vez más, ¡qué ganas de regresar, vivir ahí un tiempo!, armar algún proyecto y poder disfrutar de mi país y de toda esta numerosa familia”. Pero los miedos también la acompañan a una… Y así pasan los años, en la espera del momento más indicado, que nunca llega a serlo…ni para tener un hijo, enamorarte, casarte o irte a probar suerte al otro lado del continente… Por lo pronto me prometí volver en Navidad.