Desde el mes de diciembre, Epicuro ha viajado cinco veces a Chile para visitar los viñedos de Montes, San Pedro, Concha y Toro, a Argentina para conocer Chandon, Terraza de los Andes, Trapiche.
Cada experiencia fue más bella que la otra. Realizar catas bajo la conducción de enólogos reconocidos internacionalmente resulta ser un privilegio, pero la vendimia se vuelve fiesta invalorable. Se trata de un fenómeno sociológico en el que participa toda la población mediante bailes, cantos, festivales gastronómicos.
Todos estamos acostumbrados a mirar una copa, hacerla girar, oler su contenido, tomar a sorbos los vinos más delicados, apreciar su textura, su consistencia, sus complejos aromas, sus distintos sabores, pero hace falta conocer el proceso mediante el cual una planta resistente, de hojas maravillosamente hermosas tanto por su diseño como por los colores que ostenta en otoño, se convierte en portadora de frutas. Recoger las uvas extrayendo cuidadosamente los racimos con alicates especiales, ir llenando recipientes inmensos, contemplar aquel color azul único, pasear en carretas entre las viñas, participar en la tría eliminando de las uvas los cuerpos extraños frente
a una banda rodante, ver cómo máquinas modernas prensan la fruta, corre el líquido púrpura o violeta hacia los tanques de almacenamiento, constituye un milagro renovado que yo vivo con intensidad. Maceran las pieles en su jugo, destilando aromas de fruta delirantes: mora, cereza, frambuesa. Creo que después de presenciar aquello no puedo mirar la copa de vino desde la misma perspectiva.
En Concha y Toro me asombró encontrarme en medio del Carménère, sus hojas de color rojo encendido en un paisaje que el otoño vuelve mágico. Exprimir entre los dedos una uva para hacer estallar el jugo, promesa clara de un vino perfumado, masticar la piel, la pulpa, salir de la viña con las manos enrojecidas, todo se vuelve festival para los cinco sentidos. Luego probaremos diversas cosechas hasta culminar con el Carménère casi puro (91% con el 6,5% de Cabernet Sauvignon y el 3,5% de Cabernet franc). Se trata de la botella emblemática, el ícono de Concha y Toro, la obra maestra de Ignacio Recabarren: el maravilloso Carmín al que la revista The Wine Advocate otorgó 97 puntos, el más alto puntaje obtenido por un vino chileno hasta la fecha. Cuando veo escurrirse aquella púrpura en las paredes de la copa me fascina observar los reflejos violetas, la casi viscosidad de un vino robusto pero al mismo tiempo elegante, delicado. Abundan sabores de fruta roja-negra, el toque de amargor del chocolate, mas es bueno recordar que el Terrunyo Carménère 2004 no se halla muy lejos en calidad y puntaje. Quizás haga su breve aparición un dejo de cassis (aquella grosella negra).
La vendimia es resultado de una promesa, fruto
de un cuidado permanente, armonía entre suelo, lluvias, sol, aire; suspenso distinto cada año frente a lo que pueda ocurrir, hermandad de todos quienes comulgan con la exaltación de la vida, evocación
de Baco, disoluto borracho de la mitología, pero también fervor de Jesús convirtiendo en su sangre, en parábolas la vid y sus racimos. El primer milagro de Cristo consistirá en cambiar el agua en vino.
En la época bíblica, la vendimia era una obra difícil, ardua, y según Mateo, los obreros se quejaban del sueldo recibido. En ciertas pendientes de Chile (es el caso del Folly de Montes), quienes recogen la uva son verdaderos acróbatas. Pensemos en ello cada vez que levantemos una copa. El vino es vida, energía que la tierra sigue obsequiándonos con prodigiosa prodigalidad.